martes, 15 de octubre de 2013

Sobresaltos en el Medio Oriente

Muy raras veces llueve en los Emiratos Árabes Unidos, y cuando esto sucede se convierte en un evento inusual y de poca duración.Para muchos locales la lluvia es motivo de emoción.Al preguntarle una vez a un estudiante emiratí sobre el clima durante sus vacaciones en Alemania, la respuesta inmediata fue: "muy bueno, llovió casi todos los días." No, no estaba siendo sarcástico.

La poca lluvia que cae sobre este país del Medio Oriente, deja uno que otro pequeño charco que la gente sortea con facilidad. Sin embargo, recuerdo cierta vez que al intentar saltar uno, sufrí un pequeño desgarre.

La experiencia me puso a pensar sobre ¿cómo, viniendo de Colombia donde saltaba obstáculos acuáticos exigentes, ese charquito me  causó dificultades? Caigo en la cuenta más tarde, que la última vez que di un buen salto callejero fue sobre un arroyo en Barranquilla  hace ya dos largos años.Claro, con el tiempo he perdido completamente la práctica y de paso una valiosa habilidad urbana, entre muchas que quedan en desuso al alejarse uno de su tierra.

La experiencia me hizo concluir  que, con tanta agua que cae en nuestro país, los colombianos somos por naturaleza grandes saltadores de charcos, arroyos y parecidos.Si no olímpicos, al menos bastante iniciados en tan  noble  deporte como lo es el salto largo o triple.Sería interesante saber de nuestra gran campeona mundial, Katherine Ibargüen  qué  tanto le tocaba saltar -cuando niña- charcos y arroyos en su natal Apartadó.


Los colombianos comenzamos a saltar desde muy pequeños y la primera práctica  nos la daban los charcos y corrientes de las fugas de agua que pululaban en nuestras ciudades.La práctica bajo techo -o indoor- nos la brindaban nuestras madres a la hora de  limpiar  la casa cuando nos advertían: "Ojo, pelaos acabo de trapear la sala. Ay de quien me la pise. Les toca pegar un buen salto".

La advertencia había que atenderla y el salto darlo. Desafortunadamente, este excelente entrenamiento casero  se  perdió cuando a mamá la reemplazó la muchacha, quien estaba lejos de tener la misma autoridad.

La actividad de saltar se incrementa notablemente con la lluvia y Bogotá  debe ser con seguridad la ciudad con el mayor número de saltadores, de llegar a hacerse un censo algún día.Creo, sin embargo, que los campeones  deben estar en Barranquilla, que por sus numerosos arroyos tiene la pista natural de saltos, a cielo abierto, más grande del mundo.Uno se encuentra, a lo largo y ancho de la ciudad, con unos arroyos que perfectamente calificarían para saltos súper extremos.

Lo que uno lleve puesto  juega también un papel clave en la ejecución exitosa del salto. Los colombianos, en pantalones, realizan la maniobra en forma relativamente cómoda.A quien vería en aprietos sería a un emiratí en su kandura - traje nacional- superando el inconveniente: sus sandalias saldrían disparadas y arrastradas por la fuerte corriente y su brinco sería de corto alcance.El majito quedaría peligrosamente en medio de la corriente.Las kanduras  se acomodan definitivamente más a los charquitos de Abu Dhabi o Dubai. Cada cosa en su lugar.



Las aguas de un vertiginoso arroyo en plena ciudad son  para los habitantes del Golfo Arábigo un cuadro exótico, casi surrealista. Para los colombianos, una escena habitual y franquear corrientes  una actividad cotidiana, un afán más de los que hay que lidiar día a día.

Efectivamente, muchas habilidades se pierden cuando uno está fuera de su país. Por otro lado, se gana conciencia  de realidades como el gran potencial de los  colombianos para superar con propiedad  una de las tantas calamidades de  la lluvia.

Sobre todo, rebasan con marcas sobresalientes el más difícil de todos los obstáculos: el de la adversidad que trae cada día.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com) 

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