jueves, 23 de marzo de 2017

El limpiador de dagas

La conversación entre Reyes, Emires y Sultanes –en algún punto del desierto arábigo– giraba alrededor de las proezas deportivas que sus pueblos habían realizado a través de los años, en cada uno de sus territorios.

– “En justas equinas– afirmaba el rey Ahmed con henchido orgullo, -la fortaleza del caballo era la clave y los mejores ejemplares venían de Najd, en el centro de Arabia. Siguen siendo, los de Najd, los mejores competidores en el mundo Árabe y más allá de sus fronteras-.”

–“La rapidez y el certero golpe de garra de nuestros halcones– arrancaba diciendo, con pasión, el emir Abdulrahman– han sido nuestras grandes fortalezas para siempre batir al resto de contendientes en el arte de la cetrería en el inmenso Golfo Arábigo-.”

– “Por nuestra parte–, iniciaba su intervención el sultán Rashed, con un tono de nostalgia –fuimos imbatibles en una competencia que se llamaba Polvres, que consistía en pulverizar, con el certero tajo de una daga,  un pesado saco de arena, que colgaba de una viga. La competencia hacía alusión a cómo la vida puede terminar en un segundo y de un tajo: polvo eres.

La clave del éxito, en nuestro caso, estaba en qué tan bien afilada estuviese la hoja de la legendaria arma, y a cargo de esa responsabilidad se encontraba el limpiador de la daga. Los limpiadores de dagas eran seres excepcionales, con la singular destreza de frotar firmemente con sus manos, con una finísima tela de pashmina, los filosos y resplandecientes bordes. Sus prodigiosas manos, arropando los dos lados de la hoja, la recorrían en forma rítmica, de arriba abajo, una y otra vez, en rutinas que podían durar horas.

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Cuidado: reto y riesgo

La trasparente y casi invisible tela de pashmina nunca se rasgaba y las finas manos del limpiador salían siempre incólumes, sin sufrir el más mínimo daño. Lo que estos hombres hacían era, para muchos, un palpable acto de ilusión, sin par conocido.

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Mano en pashmina

Eran estas rutinas de cuidado y mantenimiento las que daban a las dagas el poder de un filo pulverizador que se requería en las competencias,  y  eran ellos, los limpiadores de dagas, los únicos que podían hacerlo posible.

Nunca nadie ha podido descifrar su arte y habilidad. Algunos dicen que ellos nunca tocaban los bordes, aunque el fuerte apretón sobre la hoja era claro y evidente. Otros afirman que mano y daga se hermanaban para crear una armoniosa fricción de metal sobre metal. Las conjeturas, al respecto, abundaban.

Cuentan las leyendas que, desencantados, los limpiadores de dagas dejaron de participar en los duelos de Polvres, por el número de trampas y triquiñuelas a las cuales otros competidores recurrían para ponerlos fuera de competencia. La envidia a muchos consumía, ya que las dagas de los legendarios limpiadores requerían solo de un tajo para pulverizar el compacto saco, mientras que la de sus competidores necesitaban de dos y hasta tres intentos para lograr el cometido.

Un día cualquiera no se supo más de ellos. Algunos se internaron en las profundidades del desierto de Omán, y  una significativa mayoría, emigró aún más profundo y se recluyó en las majestuosas montañas de Afganistán.

Se me ha encomendado la misión de traer de vuelta a los limpiadores de dagas, a tantos como podamos; sin embargo, nos conformaríamos con que regresara solo uno. La raíz de su estirpe y sabiduría esta sembrada en nuestro sultanato y queremos que ella resurja. Los extrañamos inmensamente, así como extrañamos el aroma que sus  victorias nos deparaban.

Ya hicimos una extensa convocatoria que durará el tiempo que fuese necesario y que abarca todo el Medio Oriente y el sur asiático. Los que decidan regresar serán de nuevo acogidos y generosamente remunerados.”

La convocatoria duró exactamente un año, tiempo después del cual, el gran Sultán Rashad  (en su sultanato de Kermán) daba apertura a la  etapa de verificación y selección del gran número de aspirantes que había respondido a la invitación.
El llamado reunió a un colorido y variado grupo de participantes –861 en total–, que iba desde estrafalarios charlatanes, pasando por ávidos simuladores, hasta llegar  a desapercibidos sabios. Todos debían demostrar con sus manos la habilidad de limpiar una filosa daga sin causarse herida alguna.
No faltaron, como era de esperase, las trampas y los artificios, que iban desde mágicos guantes invisibles que los jueces develaban con tinta de sepia, hasta prodigiosas ceras persas, que se untaban en las manos, las cuales  sucumbían en el infernal calor (único)  del sultanato de Kermán.
Mucha sangre brotó de las necias manos, a excepción de las de dos participantes, que permanecían indemnes. Ante una inmensa multitud,  repetían los dos restantes competidores, las rutinas de frotamiento sobre la filosa hoja, una y otra vez y luego mostraban las palmas de sus manos en señal de triunfo.
Solo les quedaba pasar la prueba final para la cual se escogió al guerrero de Kermán, con las manos más fuertes, para que fuera este quien hiciese él frotamiento de la filosa daga sobre la mano de cada uno de los dos contendientes que continuaban. La  ejecución de limpieza tendría ahora una fuerza descomunal.

A los dos participantes se les dio una hora de descanso antes de iniciar la prueba, tiempo que la gente aprovechó para hacer especulaciones y pronósticos.
"Los dos son unos impostores y su sangre correrá"– afirmaban algunos.
"Ambos son auténticos y victorias nos traerán"– aseguraban otros.
"El de más edad es el limpiador de dagas"– decía con firmeza una anciana beduina, que parecía conocerlos.– "El joven no se presentará. De hecho, ya partió"– terminaba afirmando la encorvada mujer.

El momento decisivo por fin llegó. La mano de uno de los finalistas –el de más edad, llamado Ebrahim–  descansaba sobre uno de los filos de una brillante daga, y el fornido guerrero comenzaba lenta, pero fuertemente a arroparla. El guerrero apretó con más fuerza para iniciar la rutina de limpieza, daga arriba. Inmediatamente después, se oyó un gemido y al gemido siguió un intenso hilo de sangre que en cuestión de segundos empapó por completo la fina tela de pashmina; Ebrahim no era más que otro hábil impostor.

La única esperanza en encontrar al limpiador de dagas, el que tanto reclamaba el sultanato de  Kermán, se encarnaba en Abdul Aziz, un hombre de 45 años, venido de las entrañas de la  montaña de Noshaq, en Afganistán. Era Abdul Aziz el único contendiente que quedaba.

El ritual se repetía: la mano de Abdul Aziz sobre la fina tela de pashmina que cubría una nueva y filosa daga, y sobre su mano la de ahora, un energúmeno guerrero, que no disimulaba su furia por la fallida patraña del farsante anterior. Muy a pesar del adverso panorama, Abdul Aziz permanecía increíblemente tranquilo.

Para esta ocasión, el guerrero inició la rutina con toda su fuerza y presión, y llevó la pequeña mano de Abdul Aziz daga arriba de un solo envión, luego la bajo con la misma fuerza y decisión; recorrió el afilado lado 25 veces, 12 de subida y 13 de bajada. El rostro de Abdul Aziz seguía impávido e inalterado, justo como la palma de su mano.

El guerrero puso, luego,  la mano Abdul Aziz en el otro borde de la daga e inició la misma rutina que no desfallecía en rigor ni fuerza. Esta vez fueron 40  recorridos, los cuales realizó el hercúleo militar hasta el cansancio. Agotado y convencido, el sudoroso guerrero le hizo al –ahora sí– auténtico limpiador de dagas, una ceremoniosa venia, en demostración de respeto y admiración.

Acto  seguido Abdul Aziz levantó su mano –que no mostraba el más mínimo indicio de laceración– empuñó la daga y apuntó  al centro de un inmenso y sólido saco de arena que colgaba de un viga; la afilada hoja entró certera, penetró sin interrupción la compacta superficie y pulverizó el saco de un sonoro tajo. La rojiza arena se desparramó en segundos sobre el suelo del desierto y regresó a su entorno natural.

¡POLVRES! POLVRES! gritó al unísono una conmovida multitud, ante la magistral ejecución que, junto a su etapa preliminar, escenificaba un acto de inmensa fantasía, nunca antes visto en todo el Medio Oriente.

Desde lo profundo de una montaña, Abdul Aziz trajo de nuevo gloria a un olvidado sultanato, en el sur del Golfo Arábigo. De su excelsa estirpe, era él el último que quedaba como lo había  presentido el gran Sultán de Kermán.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi merzo de 2017

lunes, 6 de marzo de 2017

La bella tarde de un día gris

Después de algún tiempo, recibo una carta de mi amigo indio Sahas donde me comparte una de sus inusuales experiencias en Oriente Medio.

Inicia  Sahas su misiva diciéndome que……. “Al abrir mi correo esta mañana, no podía creer el  mensaje que nuestro jefe acababa de enviar:
“Debido al excelente clima que hoy tenemos, pueden tomarse la tarde libre. Disfruten el hermoso día con su familia’’.

En realidad – continuaba Sahas su relato –  el día era gris, de los peores que hemos tenido en Oriente Medio, y para remate comenzaba a caer una llovizna. Era un día deprimente para mi, pero no para el jefe árabe y sus paisanos, para quienes, al tener un sol radiante 360 días del año, un día gris es de lo más exótico y una hermosa ocasión  para estar al aire libre con la familia”.

Mirando a Colombia

De acuerdo con la historia de Sahas, los habitantes en esta esquina del mundo tienen las preferencias climáticas invertidas, en relación con las nuestras, en Colombia, donde en forma decidida (una buena mayoría) favorecemos los días con sol.
Una anécdota pertinente con nuestro tema de hoy, fue la que me contó un amigo emiratí hace un tiempo…

“ ……estábamos un grupo de turistas árabes en Europa sentados en el vagón de un tren, a minutos de partir, cuando de repente comenzó a llover. Disparados salimos para experimentar de cerca el fenómeno y allí nos quedamos mirando al cielo, extasiados dejando que la fina lluvia nos cayera, con toda libertad, sobre nuestros rostros; naturalmente perdimos el tren , ni siquiera nos dimos cuenta,  pero valió la pena, ya que  todos, sin decírnoslos, sabíamos que un momento de lluvia es una vivencia urbana que uno no se puede dar el lujo de perder”.

Supongo que todos los occidentales dejaron solos a los árabes, para refugiarse y protegerse de la lluvia.

Precipitaciones y el diario vivir

La casi total ausencia de lluvia en ciudades del desierto (por año en el desierto de Abu Dhabi caen solo 3 pulgadas de agua) se refleja también en la cotidianidad y el espacio lingüístico árabe-emiratí, ajeno al léxico de chubascos y precipitaciones. Por lo tanto –por acá– no caen rayos ni centellas en situaciones de drama y crisis. Ningún gran evento se ha suspendido por lluvia, ni , tampoco,  encontraríamos una apuesta artística que se llame palo de agua, y un pluviómetro se ve como un aparato  exótico –de remotas latitudes–, y al grito: ¡se viene un aguacero! de un latinoamericano, se le reemplaza por un: ¡se viene un tierrero! , por las tormentas (pero) de arena.


Pocas pulgadaas

Programa bajo la lluvia

Un majito –como en forma jocosa llamamos a los árabes en Colombia–en nuestra ciudad capital, Bogotá, viviría de la dicha con la generosa cantidad de días de lluvia y cielo gris que acompaña a la gran metrópoli colombiana.

De septimazo se irían con gran frecuencia y entusiasmo bajo una pertinaz lluvia, que abrazarían con el deleite y la alegría de un niño. En el parque Simón Bolívar montarían sus inmensas carpas y les adecuarían una ventana desde donde contemplarían el caer de la lluvia sobre el verdísimo césped.  Y que tal una subida a Monserrate, por parte de los habitantes del desierto,  viendo, maravillados,  desde el funicular,  la inmensidad de un cielo gris, sin horizonte definido.

En sus Instagrams lloverían fotos con selfies –que tanto disfrutan– con fondos de canaletas que dejan caer rebosantes chorros de agua lluvia impactando los andenes.

Esta relatividad climática debe dar para muchas otras historias que, muy seguro, los majitos tienen como parte de su anecdotario de vivencias exóticas, y que, para nosotros, permanecen aún inéditas.
Podríamos, para terminar, hacer un juego lingüístico de adición, y a la ya conocida frase: más contento que cachaco en playa, le podemos ahora agregar una hermana: más contento que majito en Bogotá.

Cachaco playa

Un abrazo a todos mis  amigos de la capital, desde un árido punto en el desierto emiratí, donde las tres pulgadas de lluvia cayeron ya hace rato.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi marzo de 2017

Fotos

Disfrutando las pocas pulgadas: https://abu-dhabi-do.blogspot.ae/2015/01/rainy-weather-in-uae-armageddon.htmlShareTu.com
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domingo, 26 de febrero de 2017

Presos en Dubái

"En el mundo en que yo vivo siempre hay cuatro esquinas", clama, resignado, el personaje del Preso, canción inmortal interpretada por el gran cantante de salsa, el colombiano Wilson Saoko.

Afortunadamente, esas cuatro esquinas, universales, a las que está sometido alguien que pierde su libertad, en Dubái se expanden para los internos de la prisión central de este emirato, con oportunidades algo inusuales, que le permiten a un recluso reducir su pena, y en algunos casos recobrar su libertad.

Borrón y cuenta nueva

De todas las actividades que un preso realiza en una cárcel emiratí, la religiosa es la que ofrece significativas posibilidades de reducción de penas. Lo anterior se materializa con base en cuántas partes del Corán -libro fundamental de la religión musulmana- pueda memorizar el interno.

Por ejemplo, si el recluso memoriza tres partes del Corán, su condena se reduce en seis meses; memorizar cinco partes del sagrado libro quitan un año; diez partes cinco años; quince partes diez años; veinte partes quince años.

Memorizar las treinta partes del libro completo del Corán, permite reducir veinte años de la condena. Ahora, para tener derecho a este beneficio, el interno tiene que cumplir ciertos criterios. Cada caso se somete a un escrutinio, teniendo también en cuenta la gravedad del crimen cometido por el condenado.

A la fecha, desde el año 2012, han participado en esta experiencia, 11.553 sentenciados, 1.635 mujeres y 9.918 hombres. Desde el inicio de este beneficio, a 1.849 internos se les ha reducido las penas.

Un caso excepcional es el de una mujer de Camerún llamada Fatima, convicta por posesión de drogas, quien se convirtió al Islam, aprendió el idioma árabe, y memorizó en su totalidad el contenido del Corán. La dedicada mujer fue liberada y recompensada con 10.000 dirhams -moneda local- lo que corresponde a casi 8 millones de pesos colombianos.

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El redentor

Las cuatro esquinas en las que está confinado nuestro personaje en El Preso, se siguen ensanchando en Dubái con la presencia del redentor indio Singh Oberoi, quien se ha dado a la tarea de liberar a convictos condenados a la pena de muerte, cancelándoles las exorbitantes sumas que éstos adeudan y deben pagar para compensar a las familias,  a las cuales ellos han afectado; este es el procedimiento que legalmente se acostumbra en un país como los Emiratos Árabes Unidos.

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Hasta ahora el señor Singh ha salvado la vida de 54 personas condenadas a pena de muerte, y a cadena perpetua. En estos momentos le extiende su mano a treinta condenados de diferentes nacionalidades. Su generosidad le llevó a desembolsar, en una ocasión, 3.4 millones de dirhams, unos 250 millones de pesos colombianos, para que dejaran libre a 17 ciudadanos indios.

Singh Oberoi tiene 59 años y es un hombre de negocios en Dubái, quien basa su fortuna en una exitosa compañía de construcción de su propiedad.

El empresario hace un estricto seguimiento de todas las personas a quien ayuda llamándolos y algunas veces visitándolos en la India, e indagando acerca de su bienestar. Su misión, dice, es a largo plazo.

En este costado del mundo, el triste confinamiento de las cuatro esquinas de una cárcel es mitigado por un sol que siempre alumbra y da oportunidades de libertad. Solo se necesita dedicación y un buen ángel.


Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi junio de 2016

Fuentes
Moukhallati, Dana . "Abu Dhabi plans revolutionary new jail with no guards | The National." Abu Dhabi plans revolutionary new jail with no guards | The National. N.p., n.d. Web. 11 Aug. 2014. <http://www.thenational.ae/uae/courts/abu-dhabi-plans-revolutionary-new-jail-with-no-guards>.
Menon, Sunita . "Meet the Dubai businessman who gave death row convicts a second chance." Newsletter. N.p., n.d. Web. 11 Aug. 2014. <http://gulfnews.com/news/gulf/uae/society/meet-the-dubai-businessman-who-gave-death-row-convicts-a-second-chance-

jueves, 2 de febrero de 2017

Llorar para contarlo

 A mi padre, mi viejo farmaceuta que casi todo lo curaba

Si lagrimea y le arde –iniciaba el curioso aviso publicitario en una farmacia en la ciudad del Cairo– …escuche la historia de Saqhur y luego aplíquese en cada ojo dos milagrosas gotas de Raha.

Atraído por el singular mensaje se acercó Kristóf Fodor –un expatriado húngaro recientemente llegado a Egipto– a un barbado farmaceuta, que lo recibió con una amable sonrisa, detrás de un desvencijado mostrador.

Verá usted– arrancó el europeo una especie de breve relato de antecedentes– cuando lagrimeo, los ojos me arden y, aunque tolerable, si se prolonga, el malestar puede ser algo doloroso. Puede, usted, por favor, contarme la historia de Saqhur y venderme un colirio de Raha.

Algo doloroso, ¡ah!– fueron las primeras palabras que salieron de los labios del blanquibarbado farmaceuta, quien con toda la amabilidad del caso, invitó al paciente al interior de su establecimiento, y pidió que se acostara en un raído, pero cómodo, diván.

Todo comenzó hace mucho tiempo, en un pueblo en el norte de Egipto llamado Saqhur, cuyos pobladores, en una ocasión, mientras asistían al funeral del primer fallecido de su comarca, experimentaron como sus ojos comenzaban a arder con mucha intensidad, cuando las lágrimas se desbordaban sobre sus mejillas, y el insoportable ardor solo lo aplacaba detener el llanto. Muchos, no dispuestos a suprimir sus sentimientos, daban rienda suelta al sentido momento y morían por la acción de las lacerantes lágrimas que desgarraban las carnes de sus cuerpos, como la incandescente lava que ladera abajo corre y todo lo destruye.

Debían los lugareños, entonces, conformarse con solo un sollozo y ponerle  freno al inicio del llanto. Llegó esta calamidad a tal magnitud que las autoridades de la localidad tuvieron que poner avisos –por todo el pueblo y alrededores–  que decían: PROHIBIDO LLORAR, para así disminuir las muertes que los momentos tristes y de aciago, traían a la comunidad de Saqhur.
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Aviso: Prohibido llorar

Fue esta una población que se diezmó y desapareció rápidamente, ya que unos morían temprana y dolorosamente porque sucumbían al sentimiento del llanto, mientras otros fenecían, también muy jóvenes y de física melancolía, al no poder desahogar sus sentimientos.

La generación que prosiguió a la del pueblo de Saqhur recuperó la capacidad y el derecho a llorar, circunstancia que no desaprovecharon desatando en lágrimas, y a placer, hasta el más aparente y banal de los sentimientos, y eran los hombres quienes desplegaban la más pura y natural emoción, cuando no existía aún el dañino estereotipo de quiénes eran los que no debían llorar. Fue también esta la generación que murió longeva, hombres y mujeres por igual, y partían de este mundo ligeros de malsanos y pesados equipajes emocionales; se despedían, absolutamente, sin carga alguna.

Todos, sin embargo, termino contándole, experimentaron, dentro de su felicidad, un muy leve dejo de ardor en sus ojos, como el que hoy usted me describe, el cual, comparado con el que sufrió la generación de Saqhur, era casi que imperceptible, y, para algunos, indoloro. De hecho, todos pensaban que algo de dolor era necesario para combinarlo con la abundante felicidad de poder de nuevo llorar, sin morir en el intento. Aquí termina la historia. ¿Cuantos colirios de Raha va a comprar?”

Ante la pregunta del farmaceuta, solo hubo un extenso silencio.

“–Ninguno– respondió Kristóf Fodor con firmeza y con un mar de cavilaciones rondando en su cabeza– la historia de su receta ha sido suficiente”.

Gotas de lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas y lloró –sin ardor ni vergüenza– por el trágico sino del pueblo de Saqhur. El farmaceuta, muy discretamente, dejó el consultorio y Kristóf Fodor lloró un poco más en las sombras y la soledad del apagado recinto.

Las gotas de Raha, que el inusual aviso publicitario anunciaba, nunca existieron. El sabio farmaceuta sabía que la sola historia terminaba dando alivio y sabiduría a todo aquel que a ella acudía. Nunca le habían hecho un pedido de la milagrosa solución, que, en realidad, ya estaba contenida en el relato.

Kristóf Fodor no había sido el primer cliente de la vieja farmacia en el sur del Cairo. Hasta ese momento, el seductor mensaje publicitario había resultado ser de lo más efectivo y, para el viejo farmaceuta, de lo más gratificante.

A su natal Budapest, desde el aeropuerto del Cairo, viajó de vuelta Kristóf Fodor, una soleada mañana de un mes de noviembre, sin registrar equipaje alguno.


Marcelino Torrecilla N  (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, enero de 2017
¿Qué moraleja, para esta historia, me sugieren mis apreciados lectores?

miércoles, 4 de enero de 2017

Siria: biblioteca bajo fuego

En tierra de nadie –en medio de escombros y con el temor de ser alcanzados por francotiradores– dos adolescentes, cada uno llevando una bolsa de libros en sus manos, se aprestan a emprender la última carrera que los llevará a su destino final: la subterránea biblioteca de Darayya, en las afueras de una desolada Damasco, capital de Siria. Para los muchachos terminaba un día de recolección de textos, esta vez, por fortuna, sin novedades que lamentar.



La actividad académica para muchos de los jóvenes de Darayya se detuvo con el inicio de la guerra clausurándoles colegios, universidades y todo establecimiento que promoviera cualquier tipo de desarrollo humano.

Así es, la guerra en Darayya ultimó el acceso de jóvenes sirios a centros de aprendizaje, pero nunca el deseo y el entusiasmo por aprender y seguir creciendo en el regazo de la academia. Una prueba de lo anterior lo constituye la biblioteca de Darayya creada por los estudiantes de esta localidad, a unos buenos metros debajo del escombro de la guerra siria, que solo retrata el no-futuro y la zozobra.

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Anas Ahmad, un antiguo estudiante de ingeniería civil, fundó la biblioteca junto a un buen número de sus compañeros de universidad, con quienes ha logrado reunir 14.000 libros de todo tipo de temas, incluyendo algunos inimaginables.

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Aguerrido fundador
Muy a pesar de las difíciles condiciones, una de los principales objetivos de los jóvenes es siempre estar alimentando los estantes con nuevas lecturas, lo que significa salir de cacería de textos (ilustrada por los dos jóvenes al inicio) en  lugares de la arrasada ciudad, tan peligrosos como inexpugnables.

Muy a pesar del riesgo de morir, las azarosas incursiones valen la pena, por la vital labor social que la biblioteca cumple, al convertirse en un  centro de consulta, aprendizaje y entretenimiento comunal para una necesitada población.

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Inmersos: libro mata guerra
La consulta de temas  abarca una gran gama, que va desde voluntarios de un hospital que buscan información acerca de cómo tratar a sus pacientes, pasando por profesores principiantes que requieren de literatura pedagógica para preparar sus clases, hasta llegar a nóveles odontólogos que “asaltan” los estantes ávidos de encontrar mejoradas técnicas que los ayuden a preparar una calza dental o extraer una muela.

El resto de visitantes toma el riesgo de adentrarse en el lugar, por el solo placer de leer. Todas las consultas que se hacen son clandestinas, ya que la localización de la biblioteca es un secreto al cual  solo algunos tienen acceso. Deben, celosamente, proteger el sagrado lugar de los enemigos del conocimiento y de los que se incomodan porque exista una población informada.

Por ser un asiduo visitante  y desplegar un inusitado entusiasmo por el lugar, un joven de 14  años de edad llamado Amjad, ha sido nombrado bibliotecario adjunto, y ejerce su labor con toda la responsabilidad que el cargo exige.

En el insospechado recinto, Amjad, como el resto de usuarios,  ha encontrado refugio físico y espiritual.
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Amjad: dedicado bibliotecario
Armándose de libros
Tampoco los rebeldes escapan a la seducción y al momento de solaz que la lectura brinda, y son ellos los usuarios externos que se arman con un buena cantidad de libros, que llevan al frente e intercambian una vez terminan las lecturas.

Hacen, de esta manera, sus peligrosas jornadas – que pueden durar hasta 7 horas– mucho más llevaderas, flanqueados por un libro y un fusil; para los combatientes, la fecha de devolución de textos es indeterminada e incierta.
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Una tregua para la lectura
A uno le indicaría la lógica que los habitantes de Darayya deberían estar más preocupados por conseguir comida, medicamentos y demás – en vez de libros –, pero ellos tienen bien claro que el alma y el espíritu necesitan también alimentarse, más aún en las circunstancias adversas en que todos intentan vivir.

Los jóvenes de Darayya, a quienes vilmente les robaron el valioso tiempo para ir a la universidad y prepararse, no podrán tener una certificación académica de todos los conocimientos y destrezas que adquirieron en la subterránea biblioteca de su barrio, incluyendo la habilidad de cómo sobrellevar una guerra, el más importante de los aprendizajes.

Por otro lado, podrían mostrar orgullosos un diploma que, en letras resaltadas, certificaría la autenticidad de la más grande y duradera de todas las experiencias, como lo es el aprender para  la vida misma.  El dilema es que la vida en Siria no tiene futuro y nadie puedo saber en verdad, quienes lograrán sobrevivir para contarlo.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi enero de 2017
Fotos: MALEK y BBC
http://www.bbc.com/news/magazine-36893303

jueves, 1 de diciembre de 2016

Chapecoense: el encanto que Caio Júnior dejó en los Emiratos

Una atmósfera triste y de lágrimas contenidas se vivió durante el encuentro entre los equipos de Al Jazira y Dibba, en el campeonato nacional de fútbol de los Emiratos Árabes Unidos, el pasado martes 29 de noviembre.

No era para menos. La tragedia del equipo campeón brasileño Chapecoense también estremeció a aficionados y dirigentes de este país en Oriente Medio, ya que el director técnico Caio Júnior– fallecido en el accidente aéreo en Colombia– dirigió a dos equipos, en estas cálidas tierras del Golfo Arábigo: se trata del Al Jazira, el principal club de Abu Dhabi y el Al Shabab, equipo que tiene su sede en Dubái.

Antes del inicio del partido, se guardó un sentido minuto de silencio y los recuerdos sobre el inolvidable técnico Caio Júnior se dejaron oír.

Obaid Hubaitha, antiguo director técnico del Al Shabab, tuvo una relación cercana de dos años con el técnico campeón brasileño, y lo recuerda –en sus propias palabras– como…  un hombre encantador y un verdadero caballero, todo el mundo en el equipo le tenía mucho cariño; él siempre ponía a sus jugadores y al equipo primero, lo extrañaremos siempre”.

El reportero Alaric Gomes, del periódico Noticias del Golfo (Gulf News), evoca momentos de su actividad relacionados con Caio Júnior, cuando este último dirigía Al Shabab: “ ...en las dos pasadas temporadas, cubrir partidos donde jugara el Al Shabab era todo un placer debido a la presencia de un tal Luiz Carlos Saroli, conocido como Caio Júnior ”.

Al enterarse de la noticia y saber que hubo unos pocos sobrevivientes, un conmocionado Adel Al Hammad, jefe de prensa del club Al Shabab, abrigaba la esperanza de que Caio Júnior se encontrara en ese grupo.

La mayoría de jugadores, quienes veían al gran timonel como una figura paterna, comenzaron desesperadamente a llamar al teléfono privado de su antiguo entrenador y caro amigo, con la esperanza de que este respondiera, pero nada sucedió.

Previo al partido, una gigantesca foto del admirado entrenador fue puesta en la pantalla del estadio Mohammed bin Zayed, con una nota en árabe, que reza: Nuestras condolencias para la familia del técnico Caio Júnior y de las victimas del trágico percance”.
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Hasta siempre, Caio Júnior: gran amigo y gran señor
Caio Júnior le dio al equipo Al Jazira una de las mayores satisfacciones posibles que un conjunto deportivo en estas latitudes pueda tener, al llevarlos a ganar el campeonato de la Copa Presidente en el año 2012.

Su recuerdo y exitoso paso por las tierras de las legendarias gacelas, quedarán imborrables en la memoria futbolera del emblemático equipo de Abu Dhabi. También, en la capital emiratí, Caio Júnior vivirá para siempre en los corazones de todos los aficionados.

De ahora en adelante, cada vez que pase por los estadios de los clubes Al Jazira y Al Shabab, los miraré con ojos de admiración (y tristeza) al saber que un latinoamericano, que un brasileño llamado Luiz Carlos Saroli, Caio Júnior, dejó en esos recintos el encanto de un profesional a carta cabal y de un admirable y querido ser humano, en tierras lejanas de su amado Brasil.

Al final, lo más importante es la huella que se deja, como la de Caio Júnior: ejemplarizante e imperecedera. Paz en su tumba.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, EAU, noviembre de 2016
Fuentes y foto: Periódicos El Nacional y Noticias del Golfo
Disponible en Wattpad

lunes, 14 de noviembre de 2016

Donde los vientos tienen su ocaso

La leyenda de la Corriente de Muscat tiene muchas versiones, pero una en particular –narrada por un cuentero omaní Abdul Malik– goza de gran popularidad, por cuanto el fabulador asegura que tuvo un encuentro cercano con el mítico fenómeno.

"... La tibia corriente de Muscat dejó de circular hace mucho tiempo –inicia  el cuentero su relato con un tono melancólico– y cuando existió, su rigurosa trayectoria se iniciaba, precisamente aquí,  en Muscat, capital del sultanato de Omán.

En dirección al este, recorría el legendario viento un corto tramo del territorio omaní y hacía un giro obligado en la duna Almughadara, para luego enfilarse, en forma vigorosa, hacia el oeste, cruzando los Emiratos Árabes, Qatar y, finalmente, Bahréin, donde viraba para regresar a su punto de partida.
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La corriente y su recorrido
Eran los tiempos en que el insigne viento era verdaderamente libre y feliz, y corría sin obstáculos por todo un inmenso desierto, despejado de cualquier tipo de construcción. Un tiempo después –con la modernización– de la noche a la mañana comenzaron a aparecer inmensos edificios y lujosas casas en las ciudades, que ahora se le atravesaban a la cálida corriente en su otrora plácido andar y transitar.

En el nuevo entorno de vidrio, humo y cemento, la corriente seguía su difícil curso metiéndose en los recovecos de las casas y edificios,  perturbando las superficies de cuanto líquido se le atravesara: se decía que alteraba la fórmula y composición de los perfumes de oud*  y los desmejoraba, y  de las  humeantes sopas, por el contrario, se aseguraba que les enriquecía su sazón; lo anterior llevó a que las perfumerías, como negocio, quebraran y los cocineros ganaran elogios con esfuerzos ajenos.

Especialmente en la mañana, la traviesa corriente  alborotaba el olor a cardamomo en el café caliente, que la gente bebía, cubriendo las ciudades con el envolvente y dulce aroma de la inconfundible especia. Las ráfagas del nuevo aire, de cítrico y menta, aplacó la tos y el mal aliento de mucho de los pobladores, a quienes se les veía, con sus bocas abiertas y sus ojos cerrados, inhalar a placer, una y otra vez, el medicinal soplo de alivio y sosiego.

Nunca nadie pudo explicar con certeza, la particular inclinación de la corriente por los líquidos con aromas penetrantes.

Las ciudades seguían creciendo en forma desenfrenada y el transitar de la corriente de Muscat era más arduo y dispendioso, para un fenómeno natural que comenzaba ya a cansarse del nuevo trajinar.

El duro sendero de cemento y metal parecía ganarle la partida y un día, en su paso por Bahréin, las fuerzas del célebre viento comenzaron a desfallecer, y, arrastrándose como pudo, llegó a Muscat convertido  en una brisa senil, que no alcanzaba a deshojar a la más vulnerable de las flores; yo vi a la corriente, en forma súbita, transformarse en un gigantesco y envejecido halcón dorado, de la estirpe Shaeen.

Transformación: el viento ave


La inmensa ave, extenuada y de un vuelo perezoso, se desplomó con un ensordecedor estruendo sobre el árido suelo desértico y, en algún momento, se percató de mi presencia y me lanzó su mirada cansada, pero al mismo tiempo tranquila y resignada; segundos después, la hermosa ave fue succionada por las hirvientes arenas movedizas que, con el sol en su zenit, borbotean en las faldas de las cobrizas dunas.

Fue su último recorrido y allí quedó sepultada, para siempre, justo cinco metros antes de dar el obligado giro en la duna Almughadara, su siempre punto de partida.

La corriente era en realidad un inmenso halcón oculto, por siglos, en un enigmático fenómeno natural que, en esta forma triste y melancólica,  desapareció del mapa de los vientos legendarios que milenariamente han corrido por el norte del Golfo Arábigo y el sur de Persia. Tristemente, fui un testigo de excepción del último suspiro de la corriente de Muscat.

Historias posteriores narran que a ese mismo punto –donde hoy yace la corriente de Muscat–llegaron, muchos tiempo después, para extinguirse, otros legendarios vientos de marcada tradición y ascendencia.

Al muy respetado punto hoy se le conoce como el lugar donde los vientos tienen su ocaso, y tristemente fenecen. Es un cementerio sin dolientes ni visitantes... "



Epílogo

Tiempo después, las perfumerías de oud reabrieron sus puertas, y la sazón de las sopas regresó a su estado acostumbrado. Nosotros, los forasteros, al conocer esta leyenda, nos preguntamos si la corriente de Muscat se extinguió de verdad o simplemente se fue de paseo por otras latitudes y algún día regresará, cuando decida volver sobre sus primeros pasos.


Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi, noviembre de 2016

 *  Oud: popular fragancia en Oriente Medio.

domingo, 23 de octubre de 2016

El cuentero de Varsovia

Hay muros salvables, pero atravesados. Era esta la impresión que tenía un expatriado polaco llamado Karol Basik, residente en los Emiratos Árabes Unidos, en los años ochenta. Se preguntaba el señor Basik por qué las entradas a las habitaciones en las casas árabes, en la parte inferior, tenían un milimétrico muro, con el cual se tropezaba a todo momento. Ávido de una  respuesta, se dio el  varsoviano a la tarea de indagar el origen de la tenue elevación.

Umbral copy

La primera explicación se la dio un meditador de larga barba blanca, que frecuentaba el  parque  Al Zahiyah, en Abu Dhabi, en los Emiratos Árabes.

T fabulador 

«Todo comenzó en el antiguo Omán –inició su relato el apacible hombre con una voz profunda– más exactamente en la región de Salalah, al extremo sur, cerca a la frontera con Yemen».

«Mucho años atrás, para la época de invierno, la comarca estaba siendo azotada por una banda de ladrones que siempre se las arreglaba para robar, haciendo su entrada por los techos de las casas. Su longeva vida criminal se le atribuía al contundente y somnífero efecto de unas esencias persas que usaban, para, en las noches, poner fuera de combate a lugareños y visitantes por igual».

«Nada parecía detenerlos, hasta que un aldeano sugirió que en todas las entradas de las habitaciones de las casas se construyera un milimétrico muro».

«Afirmaba el aldeano: "La codicia de los ladrones por nuestras porcelanas será su perdición. Más temprano que tarde, en alguna noche, uno de los ladrones tropezará el diminuto muro, y el estruendo que haga será tan grande, que nos despertará a todos. Será ese el momento en el cual los atrapemos" » .

«La estrategia tenía toda la lógica del mundo, ya que los ladrones apetecían las vajillas de porcelana y la cubertería de plata, que los habitantes de esta comarca se daban el lujo de ostentar. Cualquier ladrón, al tropezar y caer, cargando este sonoro botín, despertaría a buena parte de la población».

«La ingeniosa idea dio de inmediato los resultados esperados. Las noches y madrugadas de Salalah se llenaron de estruendos y alborotos, por los cientos de platos, cuchillos, y cucharas que se oían caer, inclusive estando uno a kilómetros de distancia. Los ladrones eran hábiles en las alturas, pero torpes al andar, y el estallido de vajillas junto al  estrépito de metales  dejaron sin efecto a las cacareadas esencias persas».

«Todos los incidentes de robo eran muy sonados. Cada noche atrapaban a un buen número de ladrones. Caían como ratones en trampa, e inmediatamente los aislaban en cárceles desierto adentro, con el fin de que no contaran a sus compinches, la historia del enorme tropezón con el diminuto muro».

«Las noches eran ricas en capturas y aislamientos. Uno a uno, los pobladores aprehendieron a todos los ladrones, hasta llegar a 50. Gracias a la ingeniosa idea del diminuto muro, el pueblo  entero no supo más de ladrones, y volvió a ser el lugar feliz y apacible que siempre fue. Fueron estos los primeros y últimos ladrones de Salalah. Hoy las entradas a las habitaciones conservan los muros como un símbolo de ingenio y supervivencia: son unos umbrales realmente sobresalientes».

El señor Basik no atinaba a pronunciar palabra alguna:
Nunca espere una historia como esta–, dijo sorprendido. Es en realidad fascinante y seductora, gracias.
Tenga en cuenta también –le recordó el viejo cuentero– la rica tradición oral de la cultura árabe. Esto quiere decir que va a encontrar más versiones de la historia, con desenlaces tan diferente como fascinantes.

No me diga–, exclamó Karol Basik, con ojos que destellaban curiosidad.
Para finalizar, el inquisitivo Karol quiso saber más acerca de su sabio interlocutor.
–Y ¿cómo se llama usted ?–, le preguntó.

Soy el primer fabulador–, respondió el hombre, con su misma voz profunda, luego se puso de pie y desapareció como una exhalación, en la espesura de un arbolado sendero.

Sediento por saber más, el europeo se pasó un buen tiempo buscando otras versiones de la historia, por toda Abu Dhabi. En cada parque que visitaba, encontraba a un cuentero que le narraba una nueva versión, tal como lo había dicho el sabio de la barba blanca. En algunos casos la historia era aún más fascinante.

Curiosamente, a medida que oía historias, de parque en parque, el narrador de turno, era más joven. La rica tradición oral árabe ha tenido un buen relevo  generacional”, pensó, con satisfacción.

Con su curiosidad ahora satisfecha, Karol Basik dejó de oír historias, volvió a Varsovia, y después de un corto tiempo regresó a Abu Dhabi. Fue a los parques, queriendo reencontrarse con sus amigos cuenteros –comenzando con el primer fabulador–, que tanto lo habían  fascinado con  sus ricas narraciones.

Tristemente, no encontró a ninguno de ellos y nadie daba razón alguna de su paradero o existencia. Días después, desistió de su búsqueda.

Acerca de la rica tradición oral árabe, se enteró también que, en realidad, nunca hubo un relevo generacional, y era imposible encontrar hoy en día jóvenes que contaran historias de sus antepasados.

Si lo anterior era cierto, ¿quiénes fueron entonces los jóvenes cuenteros que le narraron con gran propiedad y sapiencia, las tantas versiones de la historia del diminuto muro?

Fue entonces cuando el viejo Basik se puso a cavilar:
«Creo que esto fue lo que sucedió: todos los cuenteros fueron apariciones. Desde el primero al último, el cuentero –viejo o joven– fue siempre el mismo. Se movió cronológicamente en forma inversa –del viejo, el primer fabulador, al joven– de parque en parque, hasta llegar a una versión adolescente. Esta última obedecía al afán de rectificar el nunca llevado a cabo relevo generacional de la tradición oral árabe».
«Mi curiosidad era tal, que mi imaginación, o no se qué, creó a unos asombrosos fabuladores, quienes fueron generosos en saciar mi sed de búsqueda. No dejaron por fuera a ninguna de las generaciones. Todo fue una fantasía, que me convirtió en un nuevo relator con, ahora, una inédita historia que narrar. Me metieron en su cuento. Soy desde hoy el cuentero de Varsovia».

Para Karol Basik, ahora los sutiles relieves que cubren los umbrales de las puertas árabes, tienen un sólido sentido y los mira con respecto y admiración. Cada uno de tales relieves, encierra todo un mundo de historias fascinantes llenas de imaginación y cultura.

Después de esta experiencia, el varsoviano no volvió a tener ningún tropezón.

 

Gracias
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Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi, octubre de 2016
Fotos: archivo personal

El cuentero de Varsovia

Hay muros salvables, pero atravesados. Era esta la impresión que tenía un expatriado polaco, llamado Karol Basik, residente en los Emiratos Árabes Unidos, por allá en los años ochenta.

Se preguntaba el señor Basik por qué las entradas a casi todas las habitaciones en las casas árabes, en la parte inferior, tenían un milimétrico muro (para él innecesario), con el cual –de paso– se tropezaba a todo momento. Intrigado y ávido de una convincente respuesta,  se dio el inquieto varsoviano a la tarea de indagar el origen de la tenue elevación.

Un umbral sobresaliente


La primera explicación se la dio un meditador de larga barba blanca, que frecuentaba el gran parque de Al Zahiyah, en la urbana Abu Dhabi.

T fabulador

Todo comenzó en el antiguo Omán –inició su relato el apacible hombre con una voz suave y profunda– más exactamente en la región de Salalah, al extremo sur, cerca a la frontera con Yemen.

Mucho años atrás, para la época de invierno, la comarca entera estaba siendo azotada por una banda de  ladrones que siempre se las arreglaba para robar, haciendo su entrada por los techos de las casas, y su longeva vida criminal se le atribuía al contundente y somnífero efecto de unas esencias persas que usaban, para, en las noches, poner fuera de combate a lugareños y visitantes por igual.

Nada parecía detenerlos, hasta que un aldeano sugirió que en todas las entradas de las habitaciones de las casas se construyera un milimétrico muro.

La codicia de los ladrones por nuestras porcelanas será su perdición, y más temprano que tarde   –afirmaba el aldeano– en alguna noche, uno de los ladrones tropezará el diminuto muro y el estruendo que haga será tan grande, que nos despertará a todos, y será ese el momento en el cual los atrapemos.

La estrategia tenía toda la lógica del mundo, ya que los ladrones que atormentaban el pueblo de Salalah,  apetecían, muy especialmente, las finísimas vajillas de porcelana y la costosa cubertería de plata, que los habitantes del próspero lugar se daban el lujo de ostentar. Cualquier ladrón, al tropezar y caer, cargando este sonoro botín, despertaría a buena parte de la población.

La ingeniosa idea  dio de inmediato los resultados esperados y las noches y madrugadas de Salalah se llenaron de estruendos y alborotos, por los cientos de platos, pocillos,  cuchillos, y cucharas que se oían caer, inclusive estando uno a kilómetros de distancia.

Los ladrones eran hábiles en las alturas, pero torpes al andar, y el estallido de vajillas junto al  estrépito de metales  dejaron  sin efecto a las cacareadas esencias persas.

Todos los incidentes de robo eran muy sonados. Cada noche atrapaban a un buen número de ladrones, que caían como ratones en trampa, y a quienes inmediatamente aislaban en cárceles secretas desierto adentro, con el fin de que no contaran a sus compinches, la historia del enorme tropezón con el diminuto muro.

Las noches eran ricas en capturas y aislamientos. Uno a uno aprehendieron a todos los ladrones, hasta llegar a 50. Gracias a la ingeniosa idea del diminuto muro, la comarca entera no supo más de ladrones y volvió a ser el lugar feliz y apacible que siempre fue.

Fueron estos los primeros y últimos ladrones de Salalah.  Hoy las entradas a las habitaciones conservan los muros como un símbolo de ingenio y supervivencia: son unos umbrales realmente sobresalientes.

El señor Basik no atinaba a pronunciar palabra alguna: “Nunca espere una historia como esta, es en realidad fascinante y seductora, gracias”.

– Tenga en cuenta también –le recordó el viejo cuentero– la rica tradición oral de la cultura árabe, lo que quiere decir que va a encontrar más versiones del diminuto muro, con desenlaces tan diferente como fascinantes.

– No me diga – exclamó Karol Basik, con ojos que destellaban intriga y curiosidad . Para finalizar, el inquisitivo Karol quiso saber el nombre de su sabio interlocutor.

– y ¿cómo se llama usted?

–Soy el primer fabulador– respondió el hombre, con su misma voz profunda y ceremoniosa, luego se puso de pie y desapareció como una exhalación, en la espesura de un arbolado sendero.

Sediento por saber más, el europeo se pasó un tiempo de su vida, buscando más versiones de la historia del milimétrico muro, por toda Abu Dhabi. En cada parque que visitaba, encontraba a un cuentero que le narraba una nueva versión, que –en efecto, y como lo había dicho el sabio de barba blanca – era diferente y en algunos casos aún más fascinante que la anterior.

Curiosamente, a medida que oía historias, de parque en parque, el narrador de turno, era más joven. La rica tradición oral árabe ha tenido un buen relevo  generacional”, pensó, con satisfacción.

Con su curiosidad ahora suficientemente satisfecha, Karol Basik dejó de oír historias, volvió a Varsovia, y después de un corto tiempo regresó a Abu Dhabi, a los parques, queriendose re-encontrar con sus amigos cuenteros (comenzando con el primer fabulador) que tanto lo habían ayudado y fascinado con todas sus ricas narraciones.

Tristemente, no encontró a ninguno de ellos y nadie daba razón alguna de su paradero o existencia. Días después, desistió de su búsqueda.

Acerca de la rica tradición oral árabe, se enteró también que, en realidad, nunca hubo un relevo generacional y era imposible encontrar hoy en día jóvenes que pudieran contar antiguas historias de sus antepasados.

Si lo anterior era cierto, ¿quiénes fueron entonces los jóvenes cuenteros que le narraron con gran propiedad y sapiencia, las tantas versiones  de la historia del diminuto muro? Fue entonces cuando el viejo Basik se puso a cavilar:

Creo que esto fue lo que sucedió: todos los cuenteros fueron apariciones. Desde el comienzo al final, el cuentero –viejo o joven– fue siempre el mismo. Se movió cronológicamente (en forma inversa, del viejo –el primer fabulador– al joven) de parque en parque, hasta llegar a una versión adolescente, y esta última obedecía al afán de rectificar el nunca llevado a cabo relevo generacional, de la tradición oral árabe.

Mi curiosidad era tal, que mi imaginación, o no se qué, creó a unos asombrosos fabuladores, quienes fueron increíblemente generosos en saciar mi sed de búsqueda, sin dejar por fuera a ninguna de las generaciones. Todo fue una fantasía, que me convirtió en un nuevo relator, con, ahora, una inédita  e insospechada  historia que narrar. Me metieron en el cuento. Soy desde hoy el cuentero de Varsovia.

Epílogo
La satisfacción de una curiosidad por parte de un expatriado, creó una nueva historia que equiparaba, en fascinación y asombro, a todas las contadas por los fugaces relatores.

Para Karol Basik, ahora los sutiles relieves que cubren los umbrales de las puertas árabes, tienen un sólido sentido y los mira con respecto y admiración. Cada uno de tales relieves, encierra todo un mundo de historias fascinantes llenas de imaginación y cultura.

Después de esta experiencia, el varsoviano no volvió a tener un tropezón.


Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi, octubre de 2016

sábado, 8 de octubre de 2016

Nobel de Santos en la prensa de Arabia y la India

Periódicos de la región del Golfo Arábigo y del sur de Asia dieron gran despliegue del Premio Nobel de la Paz, otorgado al presidente colombiano Juan Manuel Santos. Dicho acontecimiento, en esta parte del mundo, se sigue y observa con esmerado interés ante la gran necesidad de paz, un anhelado bien en algunos países escaso, en otros totalmente ausente.

Visión árabe
Al Khaleej

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Al Etihad

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Al Hayat

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Registro indio

El Chandrika

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El Manorama

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El Gulf Madhyamam

T Mayhadm

El Daily Thanthi

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Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi octubre, 2016