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domingo, 10 de septiembre de 2017

Aladino cumple tu sueño (Parte 1)

El cierre de la puerta dejaba en el corredor un eco profundo, que era inusual en la rutina de inicio del día de la familia Sinclair. Todos los juguetes de los niños vecinos estaban en frente de las puertas, como de costumbre, pero aún así el eco persistía;no había suficiente espacio vacío que lo justificara, hasta que Ahmed, el portero del edificio, les dio la explicación.

Se quedaron solos en el primer piso, doctor Sinclair – le dijo con un tono compasivo y ceremonioso–, todos sus vecinos se mudaron mientras ustedes estuvieron por fuera. Muchas puertas quedaron entreabiertas; el eco viene de dentro de los apartamentos, del vacío que deja la soledad.”
– ¿Y porqué los niños no se llevaron sus juguetes? – le preguntó el doctor con la inmediatez que aviva la curiosidad.

Se los dejaron a Alia, de pura generosidad, y dentro del apartamento del señor Eissa está la lámpara.
¿La de Aladino? – le preguntó el galeno.
En el Medio Oriente casi todas las lámparas son de Aladino, mi apreciado doctor– respondió el jordano con su usual tono de profesor de cátedra.

Alia, la hija invidente del doctor Sinclair,  siempre quiso tener esa lámpara–la del niño vecino, Abdul Kareem– porque había algo en ella que la intrigaba, o era solo la caprichosa preferencia de los niños por el juguete ajeno. Corrían los años 70; Alia tenia 10 años y  Abdul Kareem 11.

En el edificio Malabares solo quedaba la familia Sinclair, a quienes la tristeza de la soledad los hizo mudar un tiempo después, una tarde de un frío Noviembre.

A Ghassan Khoury –restaurador de juguetes de 75 años, de la ciudad de Trípoli– le dijeron que en el abandonado edificio Malabares, en la calle Kasti, había muchos juguetes que estaban a punto de ser tirados a la basura, antes de demoler la gigantesca y oscura estructura que afeaba esa bulliciosa zona turística en el corazón de Beirut.

El acceso al viejo edificio lo logró el juguetero, después de una larga negociación con un lunático portero que reclamaba la posesión sobre el inmueble, aduciendo que los propietarios le habían traspasado todos los derechos de propiedad.

“– Se fueron todos corriendo–” decía  con un tono de complacencia.
“–No me voy a llevar su edificio, solo vengo por unos viejos juguetes– fue el argumento del restaurador, suficiente para abrir una desmantelada y  chirriante puerta.

“–Le doy solo una hora– le advirtió el portero irritado–, que escasamente le alcanzará para el primer piso. Todas las puertas están sin llave.

Armado con dos  gigantescas cajas de cartón,  el juguetero y dos de sus empleados se dieron a la tarea de recolectar polvorientos juguetes que aún se encontraban en buen estado. Estaban en el apartamento donde el niño Abdul Kareem y su familia habían vivido, y allí se encontraba la lámpara, en un solitario rincón, atestada de polvo, y como si nunca hubiese tenido lustre alguno.

En algún punto del piso de una de las habitaciones–en medio del constante trajín de pisadas– se dejaba oír un sonido hueco que no pasó desapercibido para el buen observador Ghassan.

“–Hay una baldosa floja allí–” exclamó con sorpresa, señalando el punto exacto de la resonancia. Su curiosidad de niño grande debía ser satisfecha.

Con extremo cuidado, uno de sus empleados levantó el decorado baldosín, y del interior extrajo una amarillenta hoja de papel doblada con una esmerada simetría.

La breve y conmovedora carta la había escrito el niño Abdul Kareem a su amiga Alia Sinclair, con una tinta azul que comenzaba a descolorarse.

Hola Alia
Qué afortunado somos de tener esta lámpara con un genio tan generoso. Yo ya le pedí mi deseo, y pronto podrás ver, como alguna vez te los describí, todos esos bellos  paisajes de Oriente Medio. El  genio me dijo que los deseos se cumplirían solo cuando los dos los hayamos pedido. Ahí te dejé la lámpara y deberás pedir tu deseo cuando regreses de viaje. Gracias por ser tan buena amiga y siempre jugar conmigo, así estuviera yo en una silla de ruedas. Deja la lámpara y esta carta en el mismo lugar de siempre.
Abdul Kareem
P.D.
Nos robaron un deseo y sospecho de Ahmed, que creo que pidió el deseo de la soledad.

Semejante manifestación de afecto y convicción, ataron sentimentalmente al viejo juguetero al decrepito edificio y a los dos niños con impedimentos, que algún día lo habitaron. Su vivaz imaginación de niño viejo veía dos deseos de una lámpara de Aladino materializados en una realidad para celebrar. Su corazón se lo decía:  Hoy Alia Sinclair, con sus bellos ojos, admira y disfruta las rojizas dunas de un inmenso desierto, y Abdul Kareem corre como loco las calles de una bulliciosa ciudad en el Medio Oriente.

En la misma calle del viejo edificio Malabares, el viejo Ghassan Khoury se hizo a un local, donde montó su juguetería, la cual llamo: Pequeños deseos en honor a los niños Alia y Abdul Kareem y a su entrañable amistad. La juguetería se especializó en: Restaurar lámparas de Aladino y cumplir deseos, como reza su publicidad.
T pequenos deseos

Una soleada mañana de un diciembre, la llegada a la juguetería de una joven pareja con sus tres pequeños hijos alegró el inicio del día para el viejo juguetero, que presentía que esa mañana  haría la venta de su vida. Su corazón se lo decía.

Continuará......

Parte dos

Marcelino Torrecilla (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, Septiembre de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

Clases de vuelo a una alfombra mágica

Las legendarias alfombras mágicas –las voladoras de las fábulas indias y árabes– hoy ya no son las mismas. Las de ahora nacen en desventaja con un vuelo básico, el bajo, que cayó en desuso hace tiempo, y solo tenía cabida en un desierto sin edificaciones, donde las asombrosas superficies podían volar a placer, por kilómetros y sin interrupciones.

El paisaje de vuelo, ahora, ha cambiado en forma notoria, y les toca a las alfombras mágicas de estos tiempos prepararse para poder volar entre edificios de geometrías inverosímiles y alturas inexploradas.

Alfombras  hay sin altas aspiraciones y son las que terminan en las entradas de bulliciosos bazares en el Cairo, o delante de las puertas de sórdidos hoteles en  Calcuta, o las que, con el vuelo básico –el corto– entretienen a adultos y niños, en centros comerciales, con viajecitos cortos a alturas inofensivas, que no quiebran un hueso, ni producen vértigo alguno.

Las alfombras con elevadas aspiraciones van a clase en Dubái, más exactamente al Burj Khalifa (el edificio más alto del mundo con 163 pisos) su centro de aprendizaje por excelencia, y cumplen –de acuerdo con el punto de elevación–con programas de pregrado y maestría. Las que aspiren a un doctorado, deberán lanzarse, con inmensa soltura,  desde el piso 163: la cúspide, y continuar en ese alto curso por una significativa cantidad de tiempo. Coronan la cima solo las alfombras más lanzadas.
T Burj
Centro de altos estudios
Con las primeras graduandas –en un futuro más cercano que lejano–, ciudades como Dubái y Beirut verán sus azules cielos surcados por remozadas alfombras mágicas que reemplazarán a las legendarias, las de las leyenda de Las mil y una noches, las que volaban sobre dorados palacios, rojizas dunas y errantes beduinos.

T Carpet

Los cielos de occidente se llenarán de drones alimentados con tecnología, mientras oriente disfrutará de un horizonte de alfombras mágicas milenarias, que vuelan con el viento de su historia.


Marcelino Torrecilla N (matorrec@yahoo.com)
Abu Dhabi junio de 2017
Fotos
Alfombra voladora: Nazmiyal collection
Burj Khalifa: www.burjkhalifa.ae

martes, 2 de mayo de 2017

La historia del soldado desconocido

T Soldado copy
Santiago Mera fue declarado como el mejor soldado colombiano en el Sinaí, después de repeler un ataque de salteadores del desierto, a un grupo de mujeres y niños. La emboscada, a Santiago, lo sorprendió solo, pero bien apertrechado.

Conocí a Santiago Mera en Colombia, mientras cursábamos el bachillerato, en grado ocho, y desde entonces hemos conservado una buena amistad, que nos reúne aquí en el Medio Oriente. Hoy viene Santiago a visitarme y despedirse, camino a Yemen, su nueva apuesta militar.

Estábamos ansiosos por ponernos al día y teníamos tantas cosas que recordar, que no sabíamos por donde empezar. En esta ocasión, y en forma espontánea, iniciamos con las aventuras de los años de colegio.

Te acordás, Chapinero –así me llamaban a mí en el colegio y a Santiago le decíamos Juanchito–  de Sabrina, la de los ataques de tos.

– Sí, claro. Su belleza se desmoronaba cuando le sobrevenía la ruidosa tos, tan estruendosa como inoportuna, y que nadie se aguantaba.
 
Solo te la aguantaste vos, rolo– me lo recordaba Santiago con una explosiva carcajada–, que como que le encontraste la cura; los yemeníes eran soldados valientes, pero sin experiencia, y eran presa fácil para los hijos de p…  de negro.

No comprendía la inesperada inclusión de Yemen en la conversación, por parte de Santiago, pero no quise, en ese momento, ni interrumpirlo ni interpelarlo.

Pero, contáme, Chapi ¿En qué quedaste con Sabrina, como que te contagió el catarro, parece? De nuevo explotaba su  carcajada, que quedaba resonando en la villa, y hacía que las aves del patio salieran espantadas con un ruidoso aleteo.

–Nos separamos porque descubrimos que teníamos muy pocas cosas en común, y nos dimos cuenta de que necesitábamos ser más predecibles el uno al otro; sabes, Juanchito, la tos nunca fue un inconveniente para el amor.

Yo en cambio –arrancaba Santiago con un tono melancólico– nunca ligué nada con ninguna muchacha, por lo andariego, vos sabés, nunca me quedaba mucho tiempo en un mismo lugar; el enemigo, en Yemen, vestía siempre de negro y eran unos hijos de p… sanguinarios, perdí la cuenta de cuántos bajé. ¡Marica!, si caías en las manos de los hijos de p… de negro estabas liquidado: ¡Halás, era el fin! me lo repetía hasta el cansancio; pero sabés, rolito, que no me lamento por mi soledad, el vacío humano ahora lo llenan dos mascoticas que tengo: un perro y una gata, que son mis mejores amigos y van siempre conmigo.

 –Y ¿qué nombre les pusiste?
 
– A la gatica Salomé y al perrito Tony –me respondió con un tono paternal, como cuando uno, con orgullo, da los nombre de sus hijos–. Se van conmigo a Yemen –prosiguió entusiasmado–,  pero van a estar seguros, me están esperando en el aeropuerto; los hijos de p… de negro acaban de capturar a Ahmed, mi mejor amigo yemení; tal vez no lo maten enseguida por lo que él representa en la región, pero uno nunca sabe con esos desgraciados, como sea lo vamos a rescatar; oíme, Chapinero, y vos ¿hace cuánto no vas a Colombia?
 
– Quince años, Santi, quince largos años –le respondí con un lastimero tono de nostalgia.

–Mucho tiempo, rolo mucho tiempo, tenés que ir a Colombia a recargarte, a que toqués un verdadero árbol, ver verde y sentir el olor de la lluvia y el calor de la gente; inteligencia ya ubicó a Ahmed, está en un edificio abandonado en las afueras de Saná; hoy estoy de francotirador, una de mis especialidades, y ya casi tengo en la mira a los dos guardias de la entrada, ¡pum! ¡pum! doy de baja a los dos en forma casi simultánea, y entramos todos en acción; sabemos el lugar exacto donde tienen a Ahmed, somos sigilosos y los silenciadores ayudan; subo un muro, ya los tengo en la mira a través de un tragaluz, los captores son dos y se ven cansados; por accidente hago un ruido y uno de los guardias mira hacia arriba, ¡pum! ¡pum! no les doy tiempo: soy certero nuevamente, pero uno alcanzó a herir a Ahmed, al parecer no de gravedad; lo cargo en mi espalda, SHUKRAN, SHUKRAN (GRACIAS, GRACIAS) no deja de decirme Ahmed en árabe mientras salimos rápidamente, antes de que les lleguen refuerzos; Ahmed está ahora salvo.

A medida que proseguía la conversación y los inesperados relatos, sentía que perdía a Santiago y que se me salía de las manos. No identificaba ahora, ni al amigo ni al soldado, su forma de hablar cambiaba y su lenguaje corporal ya no era predecible. Fue entonces cuando decidí intervenir.

–Oíme, Juanchito, ¿Estás bien? ¿Qué te está pasando, mi hermano? –le pregunté con la voz de un padre a quien la angustia carcomía–. Me has estado hablando de Yemen como si ya hubieras estado allá, ¿Quién es Ahmed y quiénes son los hombres de negro?
 
 – ¿PERDÓN? –me respondió Santiago airado–  ¿De qué me habla el rolo? Pues, le respondo a la joya de Chapinero: nunca antes me había sentido tan bien, y nunca hablo de pendejadas que no conozco.

Desistí de más información. Estaba terriblemente confundido y comencé a temer, más bien, por mi propio estado mental. Aun así, mantuve mi compostura y seguí la conversación, intrigado ahora por saber cómo terminaría este extraño reencuentro.

–Relajáte, Chapi, relajáte, que estoy  bien –me hablaba en un tono conciliador–. Mirá, antes de que se me olvide, tengo este sobre pa' que se lo entregués a mi sobrina Berenice, que viene de Colombia la próxima semana; ya ella tiene tu dirección y te llamará antes. Le decís que lo abra solo cuando llegue de vuelta a Cali; me cuenta Ahmed que los hijos de p…  de negro ya me tienen en la mira por los golpes que les hemos dado, y saben que soy yo quien dirige las estrategias de combate. No me sorprende. Justo ayer pasó lo que siempre había temido: eran las 3 de la madrugada cuando…….

Santiago detuvo su último relato  y miró su reloj.

 –¡Voy tarde! –exclamó presuroso–. El bus al aeropuerto me recoge en quince minutos.
 
No podía esconder mi inmensa tristeza – y ahora preocupación– por la partida del entrañable  amigo.

–No te me pongás triste, Chapi, que a donde voy todo va estar bien. Ya vas a ver vos.

Nos unimos en un prolongado abrazo y luego caminó hacia la puerta. A unos pocos centímetros del umbral, Santiago comenzó a levitar y dio un lento giro hacia donde yo me encontraba; lo tenía ahora enfrente: iba con los ojos cerrados y un rostro tranquilo. Segundos después, lo vi desvanecerse en la blancura de un inmenso cielorraso. Me pareció oír de nuevo su alegre carcajada, y las aves del patio se volvieron a espantar.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi mayo de 2017

domingo, 30 de abril de 2017

Medio Oriente: milagro capilar

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Suelto y brillante

“Soy irreversiblemente calvo y cegatón y en estos momentos estoy en la ducha; es la hora del champú, y noto que la botella está vacía. ¡Qué vaina!, tocará usar el de mi mujer, al que identifico porque sobre la botella sé que dice: Champú que deja el cabello suelto y brillante, lo que a mí, por sustracción de materia, está lejos de interesarme. Mi mujer puede tener en el baño hasta cinco botellas para el cuidado capilar, pero a mí solo me interesa la botella que dice: Champú que deja el cabello suelto y brillante. ¿Cuál de las cinco botellas será? Y yo sin gafas y sin tiempo. Hago el esfuerzo de mirar botella por botella, y me las pongo a centímetros de mis ojos y nada que puedo ver la bendita leyenda que dice: Champú que deja el cabello suelto y brillante. ¡Qué carajo!, cojo una botella a ojos cerrados. Total, en este momento me conformo solo con que sobre mi desplumada cabeza se deslice una sustancia espesa y fragante, que es la que contienen todas esas botellas que usa la gente con cabello, cuando se baña. Termino mi ducha y salgo rápido para el trabajo. Al llegar a mi oficina, una colega me queda mirando y me dice”: – John Jairo, qué bonito tienes tu cabello hoy: se te ve suelto y brillante.

“¡Acerté con la botella!”

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Marcelino Torrecilla N (mtorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi Abril de 2017







lunes, 14 de noviembre de 2016

Donde los vientos tienen su ocaso

La leyenda de la Corriente de Muscat tiene muchas versiones, pero una en particular –narrada por un cuentero omaní Abdul Malik– goza de gran popularidad, por cuanto el fabulador asegura que tuvo un encuentro cercano con el mítico fenómeno.

"... La tibia corriente de Muscat dejó de circular hace mucho tiempo –inicia  el cuentero su relato con un tono melancólico– y cuando existió, su rigurosa trayectoria se iniciaba, precisamente aquí,  en Muscat, capital del sultanato de Omán.

En dirección al este, recorría el legendario viento un corto tramo del territorio omaní y hacía un giro obligado en la duna Almughadara, para luego enfilarse, en forma vigorosa, hacia el oeste, cruzando los Emiratos Árabes, Qatar y, finalmente, Bahréin, donde viraba para regresar a su punto de partida.
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La corriente y su recorrido
Eran los tiempos en que el insigne viento era verdaderamente libre y feliz, y corría sin obstáculos por todo un inmenso desierto, despejado de cualquier tipo de construcción. Un tiempo después –con la modernización– de la noche a la mañana comenzaron a aparecer inmensos edificios y lujosas casas en las ciudades, que ahora se le atravesaban a la cálida corriente en su otrora plácido andar y transitar.

En el nuevo entorno de vidrio, humo y cemento, la corriente seguía su difícil curso metiéndose en los recovecos de las casas y edificios,  perturbando las superficies de cuanto líquido se le atravesara: se decía que alteraba la fórmula y composición de los perfumes de oud*  y los desmejoraba, y  de las  humeantes sopas, por el contrario, se aseguraba que les enriquecía su sazón; lo anterior llevó a que las perfumerías, como negocio, quebraran y los cocineros ganaran elogios con esfuerzos ajenos.

Especialmente en la mañana, la traviesa corriente  alborotaba el olor a cardamomo en el café caliente, que la gente bebía, cubriendo las ciudades con el envolvente y dulce aroma de la inconfundible especia. Las ráfagas del nuevo aire, de cítrico y menta, aplacó la tos y el mal aliento de mucho de los pobladores, a quienes se les veía, con sus bocas abiertas y sus ojos cerrados, inhalar a placer, una y otra vez, el medicinal soplo de alivio y sosiego.

Nunca nadie pudo explicar con certeza, la particular inclinación de la corriente por los líquidos con aromas penetrantes.

Las ciudades seguían creciendo en forma desenfrenada y el transitar de la corriente de Muscat era más arduo y dispendioso, para un fenómeno natural que comenzaba ya a cansarse del nuevo trajinar.

El duro sendero de cemento y metal parecía ganarle la partida y un día, en su paso por Bahréin, las fuerzas del célebre viento comenzaron a desfallecer, y, arrastrándose como pudo, llegó a Muscat convertido  en una brisa senil, que no alcanzaba a deshojar a la más vulnerable de las flores; yo vi a la corriente, en forma súbita, transformarse en un gigantesco y envejecido halcón dorado, de la estirpe Shaeen.

Transformación: el viento ave


La inmensa ave, extenuada y de un vuelo perezoso, se desplomó con un ensordecedor estruendo sobre el árido suelo desértico y, en algún momento, se percató de mi presencia y me lanzó su mirada cansada, pero al mismo tiempo tranquila y resignada; segundos después, la hermosa ave fue succionada por las hirvientes arenas movedizas que, con el sol en su zenit, borbotean en las faldas de las cobrizas dunas.

Fue su último recorrido y allí quedó sepultada, para siempre, justo cinco metros antes de dar el obligado giro en la duna Almughadara, su siempre punto de partida.

La corriente era en realidad un inmenso halcón oculto, por siglos, en un enigmático fenómeno natural que, en esta forma triste y melancólica,  desapareció del mapa de los vientos legendarios que milenariamente han corrido por el norte del Golfo Arábigo y el sur de Persia. Tristemente, fui un testigo de excepción del último suspiro de la corriente de Muscat.

Historias posteriores narran que a ese mismo punto –donde hoy yace la corriente de Muscat–llegaron, muchos tiempo después, para extinguirse, otros legendarios vientos de marcada tradición y ascendencia.

Al muy respetado punto hoy se le conoce como el lugar donde los vientos tienen su ocaso, y tristemente fenecen. Es un cementerio sin dolientes ni visitantes... "



Epílogo

Tiempo después, las perfumerías de oud reabrieron sus puertas, y la sazón de las sopas regresó a su estado acostumbrado. Nosotros, los forasteros, al conocer esta leyenda, nos preguntamos si la corriente de Muscat se extinguió de verdad o simplemente se fue de paseo por otras latitudes y algún día regresará, cuando decida volver sobre sus primeros pasos.


Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi, noviembre de 2016

 *  Oud: popular fragancia en Oriente Medio.

lunes, 19 de octubre de 2015

La ventana al cielo

Al mirar por el tragaluz de su baño-mientras hacia gárgaras- Lodovico quedó embelesado con lo que sus ojos veían: se trataba de una hermosa mashrabiya o ventana árabe, que miraba el frente de su casa, desde las alturas de un edificio contiguo.


Lodovico interrumpió su ruidosa terapia, y apresurado salió a la calle y miró al cielo con su mano en forma de visera, para bloquear el inclemente sol. Así se quedó, extasiado por unos buenos segundos.

Cómo pude haber ignorado esta joya todo este tiempo– exclamó.

Mashrabiya: el fondo de un tragaluz
Mashrabiya: el fondo de un tragaluz
Lodovico Berti era un ingeniero italiano que había llegado a los Emiratos Árabes Unidos en pleno auge de la bonaza petrolera. Como experto en excavaciones, su trabajo lo realizaba en exteriores, en pleno desierto, cuyo polvo -tres años después de haber llegado al Medio Oriente-  comenzaba  a afectar su  garganta con insoportables picazones.


Haga gárgaras de sal, don Lodovico – fue la única recomendación que le dio su médico, la cual siguió y le permitió -por primera vez  esa mañana- mirar hacia su (hasta se momento) ignorado tragaluz y descubrir el encanto de la mashrabiya, cuya belleza, a través de la claraboya,  aumentaba en la noche, al revelar detalles que la luz del día no permitía apreciar. De todo este grandioso despliegue artístico, el italiano quedó, ese día, prendado por el resto de su vida.

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Un tiempo después de la reveladora experiencia, el ingeniero Berti renunció a su bien remunerado trabajo en una compañía de petróleos en Abu Dhabi y se inició como artesano de mashrabiyas y puertas árabes, entusiasmado también, por su vena artística que tenía raíces en su natal Florencia.


Sin muchas aspiraciones económicas, ni responsabilidades familiares, Lodovico estaba seguro de tener la paciencia y sapiencia necesaria para salir adelante en el arte de construir elaboradas mashrabiyas.


Con el dinero de la liquidación de su trabajo, menguado por viejas deudas y gastos inesperados, inicio el ingeniero una vida casi de indigente con escasas ganancias que apenas le alcanzaban para subsistir. Con las puertas árabes le iba más o menos bien, pero construir mashrabiyas requería algo mas que talento y conocimiento.


La labor de artesanía exigía un gran fuelle físico para manejar una pesada carpintería de celosía, que incluía  maderas y metales, que sus  manos  de pianista no podían ejecutar. Un día, simplemente se rindió, pero el sueño de hacer mashrabiyas aún persistía, y se aferró a la idea de que,  si sus manos no podían hacerlas, sí podían dibujarlas.


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Un tiempo después, Lodovico Berti descubriría que no era el del artesano  el talento que él poseía, sino  el de un excelso dibujante, como después lo evidenciarían sus finos trazos de minuciosos y complejos entramados que el riguroso arte de elaborar mashrabiyas exigía.


Por todo un mes el ahora greñudo ingeniero  tuvo una vida de ermitaño encerrado en un improvisado taller en las afueras de Abu Dhabi, dando rienda suelta a lo que ahora se convertía en su mayor deleite: dibujar mashrabiyas a placer.


Del dibujo pasó, sin ninguna dificultad, al diseño y de ahí a la hechura propiamente dicha, la cual era ejecutada por artesanos profesionales a quienes él escrupulosamente escogía y comisionaba para producir las más bellas y alabadas mashrabiyas que el Golfo Arábigo haya visto. Sus diseños eran únicos e irrepetibles dado los complejísimos y elaborados patrones de sus entramados, plasmados inicialmente en un dibujo.

Ventana llena de cielos
  Las ventanas se visten de cielos

Las mashrabiyas diseñadas y producidas por Lodovico Berti poseían detalles y elementos mágicos que nadie podía reproducir. Su fama en el Medio Oriente se esparcía rápidamente, especialmente entre reyes y jeques, quienes querían  tener en sus palacios mashrabiyas con el efecto Berti. Lo anterior no se hizo esperar y después de un tiempo, la gran mayoría de palacios de la realeza del Golfo Arábigo mostraban con gran orgullo, elaboradas ventanas diseñadas por el ahora afamado y reconocido artista.


Su obra magna fue una ventana en honor a un príncipe emiratí. La historia cuenta que para esta realización, como en sus inicios, Lodovico se encerró  en su viejo taller por un mes, al final del cual, extasiado cayó en una especie de trance en frente a  su monumental y recién nacida creación: “Así debe ser la ventana al cielo”, aseguró para sí y fue este el nombre que le dio a la obra que más lo impactó en su vida.


Desafortunadamente, el lienzo con el imponente dibujo, misteriosamente desapareció del taller que no contaba con ninguna seguridad. La obra no se materializó en el momento y los marcos de las ventanas del palacio del príncipe mostraban un melancólico vacío.


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Los jeques del emirato, sin embargo, abrigaban la esperanza de dar con los ladrones que sustrajeron el valioso dibujo y llenar los tristes espacios. Hasta ese momento, La ventana al cielo sólo la había visto el propio Lodovico, su artesano de cabecera y el ladrón que la hurtó. De la obra no se supo nada más por un buen tiempo.


Después de incansables pesquisas, que duraron aproximadamente diez años, las autoridades dieron con el valioso lienzo, que había dado a parar a una tienda de antigüedades en la ciudad de Amán, capital de Jordania. La preciada imagen regresó a Abu Dhabi y se materializó en la más bella mashrabiya que palacio alguno haya lucido.  Fue un momento de regocijo y contemplación.


Los últimos años Lodovico Berti - termina esta esta leyenda contando- los pasó en su viejo taller, trabajando con la misma disciplina de siempre y con los achaques propios de su edad. Aún activo y con los pinceles en la mano, el gran artista murió una fresca y soleada mañana de un mes de Noviembre. Tenía noventa años.


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En el camino a su última morada, su cuerpo recorrió el distrito de los palacios reales en el emirato de Abu Dhabi, donde un sinnúmero de sus bellas mashrabiyas le hacía  una calle de honor. Si el destino final de Lodovico Berti era el cielo, la ventana ya la tenía bien dibujada.



Marcelino Torrecilla N. (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi (EAU)  octubre de 2015
Fotos
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lunes, 28 de septiembre de 2015

Cuando el café llama


Nadie en el remoto pueblo de Alshuwahad, en el desierto emiratí, ponía en tela de juicio que Musabbah Rashed Al Harb era el beduino que, en toda la región y sus alrededores, contaba con el mejor hawon o mortero para machacar café.


A decir verdad, el de Musabbah era el hawon más celebrado de la comarca. Y tenía que ser así, ya que, durante los 354* días del año y con estricta puntualidad, el ilustre hawon de bronce y de hechura única, despertaba plácidamente a todo el pueblo con su agradable tañido y con el envolvente aroma que su café emanaba, que se hacía presente en todos los rincones de la gran aldea.

El hawon: tañido con aroma de café

Desde bien temprano, cuando el reloj marcaba las 5 de la mañana, la puerta de la humilde casa del viejo Musabbah  estaba ya abierta para todo aquel que quisiera tomar una taza de su delicioso café. Era el único momento y el único lugar en el cual se podía ver juntos a gente de todos los estratos y condiciones: pobres, ricos, locales y extranjeros, todos tenían cabida a la espontánea y amable convocatoria.

Un despertar distinto

La madrugada de aquel 15 de octubre fue diferente para todos los que vivían en el pueblo de Alshuwahad, ya que eran las cinco y quince de la mañana  y el tañido del mortero de Musabbah Rashed no se dejaba oír, y el delicioso y puntual aroma a café permanecía extrañamente ausente en el ambiente.

Dieron las cinco y treinta y el llamado aún no se oía. Algo grave le debió haber pasado a Musabbah,  pensaron todos al unísono y casi que en desbandada, un buen número de lugareños corrieron a la casa del artesano a averiguar que ocurría.


A Musabbah lo encontraron en el patio de su casa sentado en un taburete cabizbajo y meditabundo.
-Las deudas me acosaban y me tocó vender mi hawon -exclamaba apenado-, y lo reemplacé por este pequeño pilón -señalando a un rincón-, que ni suena ni da aroma. -Perdóneme por favor, concluyó su lamento a manera de suplica.


Musabbah había vendido el hawon a un comerciante libanés llamado Amal Besharra  a quien todos conocían como el mercader errante del Medio Oriente y cuyo almacén principal se encontraba en Beirut, en la antigua calle Saida, a donde llegó una pequeña comitiva del pueblo de Alshuwahad, con la única misión de recuperar el atesorado hawon de bronce de Musabbah Rashed, el artesano del café.
Después de algunos preámbulos, la conversación entre la comitiva y el comerciante llegaba a un punto álgido de la negociación.


Tienen suerte caballeros– agregaba el libanés con voz esperanzadora, -no se ha vendido aún el hawon, que para serles franco, no ha sido un buen negocio para mi, porque la gente ya no los usa para hacer café y ahora los han reemplazado por máquinas, ustedes saben, cosas de la modernidad. El hawon lo estoy ahora promocionando en otra de mis tiendas como florero, a ver qué pasa, y según me cuentan ha llamado mucho la atención y  mas de uno ya le ha echado el ojo.


Había que ver las caras de disgusto de los alshuwahadenses ante semejante desfachatez y descarrilamiento cultural, pero aún así todos mantenían su compostura, ya que recuperar el hawon era lo único que importaba.


Al día siguiente la comitiva recibió la mala noticia de que el hawon  había sido vendido (muy seguramente mientras hablaban con Amal Besharra) a una joven estudiante de arte de la universidad de Beirut a quien el hawon-florero le había parecido  una pieza extrañísima y exótica, que serviría como insumo valioso para su tesis de grado que investigaba una nueva tendencia artística, que la excéntrica joven había bautizado como Artish y que sólo ella y sus colegas entendían, y la definía como arte en transición o arte que aspiraba- nunca se supo a qué ? o qué?


En lo que había terminado el malhadado hawon del viejo Musabbah: vestido de margaritas y escudriñado por una romería de greñudos estudiantes de arte, en la bulliciosa Beirut.

Hawon-florero: desfachatez cultural

A la casa de la joven estudiante, en las afueras de la capital libanesa, fue a dar la imbatible e incansable comitiva del pueblo de Alshuwahad a hacerle una jugosa oferta por el hawon, a la artista en transición, quien, acosada por deudas universitarias, no tuvo mas remedio que aceptar el atractivo ofrecimiento. El hawon entonces, después de tantas vicisitudes, regresaría a su lugar de origen.


El retorno del hawon fue celebrado en el pueblo de Alshuwahad con el esperado alborozo y la valiosa pieza culinaria fue declarada como un patrimonio cultural común, sin valor comercial y con el estatus de invendible e intransferible.


Después de casi un mes de ausencia, como era de costumbre, el delicioso aroma a café anunciado por el tañido del hawon de Musabbah Rashed, llamaba de nuevo a los lugareños  de Alshuwahad, a pobres, ricos, locales y extranjeros, a todos por igual, a tomar un humeante café. El reloj marcaba las cinco de la madrugada de un nuevo día.


Todos admitieron que luego de esta inolvidable aventura de rescate, el café había adquirido un inocultable aroma de felicidad.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi (EAU) septiembre, 201ñ
* Un año tiene 354 días en el calendario islámico.

lunes, 13 de julio de 2015

Lo que el viento regresó

Muy pocos envidian a los escobitas del Medio Oriente, especialmente después que cae una interminable y pesada tormenta de arena. Los escobitas, aquellos trabajadores que limpian las calles de las ciudades, existen en todos los rincones del planeta.


La tarea de barrer  polvo del desierto es tan ardua como titánica, ya que les toca a estos incansables servidores deshacerse de toneladas y toneladas de arena que se resisten a desaparecer, en un marco de ligeros, pero rebeldes, vientos que hacen la labor doblemente indeseada.


Por otro lado, dentro de la naturaleza y dureza de su trabajo, los escobitas en esta esquina del mundo han sido también silenciosos protagonistas de inusuales acontecimientos que han marcado el diario vivir del impredecible y mágico Golfo Arábigo. Más de uno de ellos tiene una buena fábula por relatar.
Escobitas del desierto: También recolectores de fábulas
Escobitas del desierto: también recolectores de fábulas


Objetos con contenido

Muchas historias urbanas se han tejido acerca de los curiosos objetos que los escobitas han encontrado en su rutinaria tarea de limpieza, después que el rigor de los vientos ha amainado su intensidad.


Se cuenta que muchos de los objetos que la fuerza de las tormentas ha arrancado y restituido de las entrañas del desierto,  han ayudado a descifrar innumerable acertijos históricos de la cotidianidad árabe-beduina. Los objetos representan  verdaderos eslabones perdidos, que la naturaleza ha devuelto en forma repentina y espontánea.


Perdidos y encontrados


Acerca de las variadas piezas y artículos regresados, entre cachivaches y pequeños tesoros, se afirma de la aparición de un daguerrotipo,  de una antigua reina jordana, de quien no se tenía un claro registro gráfico, que ayudó a precisar su último paradero y la posible causa de su muerte.


Coloridos frascos de exóticos perfumes permitieron recuperar complejas fórmulas de fragancias y esencias persas, que se habían dado por perdidas un buen tiempo atrás.


La extraviada daga de Abdulrahman, con la cual se aseguraba habían asesinado -en el siglo 19- al jefe de una delegación portuguesa en Bahréin, esclareció definitivamente un crimen por años irresuelto.


Una tiznada cafetera de plata, de la cual se aseveraba había sido usada en la tregua de la batalla de Dibah, contribuyó a determinar las preferencias de bebidas de los bandos en contienda; y, finalmente, un objeto mas reciente fue una diminuta lámpara de Aladino, de la cual se dice terminó colgando como pieza decorativa del espejo de un taxista en el Cairo. Todos los anteriores, entre muchos otros artículos.

El de más valor


Con toda certeza, de todos los objetos restituidos por el desierto, el que más se recuerda por su valor sentimental e histórico es un antiguo estuche que contenía  una carta de amor escrita por un joven llamado Ahmed Abdullah, dirigida a su novia de nombre Fátima Ali.
Sobre el idilio, cuenta  una leyenda que los jóvenes sostenían una muy difícil relación, ya que pertenecían a tribus rivales: Ahmed a los Bani Qitab  y Fátima a los Bani  Ka’ab. El amor de la pareja era tan intenso y sincero que ya todos estaban enterados del mismo y comenzaba a influenciar inclusive a los grandes jeques de ambos clanes.

Tiempo después, el romance se convertiría en una excusa y en una oportunidad de oro para que ambas tribus depusieran milenarios odios y rencores; sin embargo, posteriores acontecimientos decidirían  algo diferente.


Entrega trágica

Siguiendo un exigente y riguroso protocolo beduino, era de trascendental importancia que los jeques de la tribu Bani Ka’ab -a la cual pertenecía Fátima-  recibieran una carta del pretendiente reafirmando su amor por la bella y mimada joven, para así dar inicio a la formalización de la espinosa relación.


Tristemente, la carta nunca llegó a su destino. Sigue contando la leyenda que tanto el cartero -llamado Khalil Sallam- como el camello que llevaban el trascendental documento fueron literalmente devorados por lo que se consideró como la peor y más devastadora tormenta de arena de todos los tiempos, en esa remota región del Golfo Arábigo.
La madre de todas las tormentas
La madre de todas las tormentas


Del noble animal y del  servidor postal nunca se supo nada más. Simplemente desaparecieron sin dejar rastro físico alguno, según consta en registros históricos que hablan de una intensa y extensa búsqueda del cartero Khalil y su fiel camello.
Khalil Sallam: el cartero del desierto
Khalil Sallam: el cartero que el desierto nunca devolvió


La no llegada de la carta a los bastiones de los Bani  Ka’ab fue tomada por estos  como una afrenta que atizó aún más su animadversión hacia los Bani Qitab.


En realidad, en la tribu de los Bani Ka’ab nunca se enteraron de la tormenta, ni del percance sufrido por el malhadado cartero beduino, ya que el siniestro sucedió a miles de kilómetros de distancia, en lo que era todavía territorio de los Bani Qitab.


La acrecentada condición de nómadas de ambas tribus los alejaba geográfica  y socialmente, circunstancia que disminuía la posibilidad de un esclarecimiento y una posible reconciliación.


La historia termina relatando que tanto Ahmed como Fátima terminaron casándose con miembros de sus respectivas tribus y que muy a pesar de todas la vicisitudes y reveses, ambos fueron felices.


Mucho tiempo después…..


El relato finaliza diciendo que, cien años después, al terminarse una intensa tormenta de arena, el antiguo estuche con la carta de amor vino a parar en una bolsa de recolección de un escobita paquistaní, al lado de una congestionada autopista  en las goteras de Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos, en la época en que  el joven país emergía económicamente por la llegada de la bonanza petrolera.
new Carta
La carta que nunca llegó
Apartes de la carta de amor
Apartes

El estuche con la carta se convirtió en una invaluable pieza de recuerdo que los dos clanes comparten  en un bello recinto llamado la Casa de la Herencia Bani, en una remota y arenosa población en la frontera entre Omán y los Emiratos Árabes Unidos.


La historia de amor de Ahmed y Fátima,  acaecida en algún punto del Macondo árabe, hace ahora parte de la memoria colectiva de los descendientes de las tribus enemistadas siglos atrás, que hoy disfrutan de paz y armonía absolutas.


Sólo lamentan que sus antepasados hayan perdido cien años de felicidad, y que la tormenta haya cubierto para siempre un sincero amor tan inmenso como las doradas arenas del gran desierto arábigo.





FIN

¿Cómo, creen los amables lectores, han cambiado las cartas de amor a través de los años?

Marcelino Torrecilla N. (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi (EAU), julio de 2015


Fotos
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www.realadventures (Cartero)