miércoles, 9 de diciembre de 2015

Esposa nueva casa nueva


Era esta la tercera vez -en dos semanas- que a Fátima se le olvidaba apagar la estufa, lo que -en esta ocasión- causó una tremenda humarada que invadió toda la casa.

Lo has hecho de nuevo– le recriminó Amira, cuya furia se le oía ventilar a través de su agitada respiración –, y creo que no tienes remedio.

Cargando su inmensa rabia, Amira subió a su habitación, dejando en los oídos de Fátima un estruendoso portazo, que le retumbó en sus oídos por unos buenos segundos. Al portazo le siguió en forma automática un vehemente grito de réplica de Fátima:  

¿ Y DÓNDE ME DEJAS TÚ....QUE TODO LO DEJAS SALADO?

Luego del intercambio de desahogos, reinó la paz- pero sólo por un momento- y un envolvente olor a comida quemada que permaneció por unos buenos días, en la inmensa villa donde vivían la dos irreconciliables jóvenes esposas.

Fátima  y Amira  son dos personajes muy particulares en el diario vivir del emirato de Sharjah (localizado  en la costa norte del Golfo Arábigo), y comparten el lazo común de ser esposas del mismo marido y vivir bajo el mismo techo, todo lo anterior perfectamente permitido a un musulmán.

El introductorio conflicto de cocina es uno de los tantos que surge en casas administradas por dos esposas en un contexto árabe-musulmán, y que ha llevado a serias confrontaciones de señoras, creando para las autoridades un verdadero reto social. Es relevante agregar que, en muchos casos, en este tipo de relación la primera esposa tiene y ejerce un estatus de poder sobre la segunda.

Solución: regálese una casa

Ante el marcado deterioro de la armonía familiar emiratí y para prevenir futuras disputas de señoras, las autoridades en Sharjah han decidido, salomónicamente, darle a la segunda esposa una casa, para así conservar sus derechos e independencia.

La curiosa historia que hoy les comparto remata diciendo que la casa será registrada a nombre de la madre y de sus hijos. En términos del caribe colombiano, las autoridades de Sharjah sacan a vivir a la señora y la instalan en una casa con todas las de la ley.







En Colombia: una imagen vale más.....

                                  Macondo: escenario de odios y pasiones


Marido multiplicado 

Aquellos ilusos alegrones que piensan que tener dos esposas debe ser algo emocionante, se equivocan en forma rotunda; o sino, oigamos a Samia Saeed, quien es una segunda esposa y ha tenido marido compartido por siete años.

Me da tanto pesar mi pobre marido– arranca diciendo la mujer de 38 años de edad, en un tono comprensivo y solidario–, pero él es un hombre que no tiene vida y anda desorientado. Entonces, digamos por ejemplo, si a mi me saca a un lugar una noche, su primera esposa quiere que él la saque la noche siguiente.

Y así sucesivamente, con el resto de requerimientos pudo perfectamente haber rematado el relato de la señora Samia. Le toca, entonces,  al marido observar en forma rigurosa, una larga lista de exigencias.

En las anteriores circunstancias, hay que volver a resaltar las palabras de la señora Samia: “él es un pobre hombre que (en verdad) no tiene vida”.

                                             Lluvia de exigencias por punta y punta


Obligaciones de otro pelambre

A las exigencias maritales debemos agregarles las económicas, ya que le toca al marido cubrir con todos los gastos de mantenimiento de la casa, aunque el agua y la luz la subsidia el gobierno, lo que alivia bastante la cascada de recibos. Pero hay gastos ineludibles -y variados-, que pueden ir desde el arreglo de una inesperada gotera hasta la sustanciosa compra de útiles escolares, para la inmensa prole.

El peor escenario para el flamante esposo se presenta cuando una de las esposas le exige que le compre una casa como la de la otra, y no la tenga en un apartamento arrendado. El gobierno de Sharjah podría, aquí, venir al rescate, pero la ayuda tampoco es que  llegue de la noche a la mañana.

El árabe y el harem

El estereotipo del árabe (musulmán) y el harem de esposas es, en tiempos modernos, mas mito que realidad. La verdad es que la costumbre de tener varias esposas no es una práctica tan común ya que un esposo debe ver y tratar por igual a todas las señoras. Esto implica una onerosa carga económica que sólo puede ser asumida por acaudalados varones.


Epílogo

Fátima, la segunda esposa, ya lleva instalada algún tiempo en su casa de primera, la cual mantiene un tenue olor a arroz quemado. No se oyen estruendosos portazos ni gritos hirientes. En esta casa sigue vivo el fuego de la armonía familiar.

Ellas podrían vivir juntas, pero no revueltas, a la vieja usanza caribeña.


Marcelino Torrecilla N ( matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, diciembre de 2015