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domingo, 1 de mayo de 2016

La fuerza de un cabello de mujer

El agal es ese cordón negro, grueso y circular  –del cual cuelgan una especie de trenza–, que los árabes llevan en sus cabezas y que tiene como función principal sujetar la ghutrah, que es el extenso pañuelo acompañante.

Agal y ghutrah
Agal y ghutrah

Cuenta una fascinante crónica urbana, en el Medio Oriente, que el primer agal lo inspiró el cabello de una hermosa mujer andaluza llamada Carmen, en la época en que los árabes (también llamados moros o moriscos) se encontraban esparcidos por gran parte del sur de España. El origen de la tradicional prenda, según nuestra fantasiosa historia, comenzó en donde hoy se encuentra Córdoba, la segunda ciudad de Andalucía, después de la gran capital Sevilla.

El agal tuvo su primer soplo de vida en un dibujo realizado por un excelso artista árabe de la época, a quien llamaban Hashim el virtuoso, y luego se materializó en un perfecto aro con una frondosa trenza de un resplandeciente color azabache. La creación venía  de las más finas fibras que el meticuloso artista pudo encontrar, y se asemejaba al hermoso cabello de Carmen, la mujer que él amaba y lo inspiraba.

El dibujo y el agal –celosamente escondidos por el artista en un cofre, en algún lugar de su villa–, eran un regalo sorpresa que el dedicado creador tenía para su mujer, a quien había desposado dos días atrás. Tristemente, el hermoso idilio –que hasta ese momento transcurría sin contratiempos–, fue repentinamente interrumpido por la expulsión de los árabes de España.

De hecho, ese día –el día en que Hashim el virtuoso pensaba entregarle el regalo a su esposa– el artista no pudo ni siquiera llegar a su casa y fue llevado al puerto de Dénia, sobre la costa valenciana, de donde salió proscrito, junto a un buen número de sus coterráneos.

Expulsión en curso

Carmen, desconsolada, se quedó esperándolo ese día, hasta que el rocío de una fresca madrugada, finalmente, la venció y al sueño sucumbió.

En el puerto de Mallorca la conversación de unos comerciantes andaluces giraba alrededor del viaje que se aprestaban a emprender con destino a Alicante, y a la nueva Andalucía, ahora con los árabes casi que desterrados. De todos los contertulios, era la voz de quien se hacía llamar José Antonio Hidalgo, la más locuaz y vehemente:

«Andalucía, Andalucía –gritaba con frenesí –, siempre serás grande y poderosa, con o sin  intromisiones y tensiones».

La animada conversación llegó a un punto en el cual el tema de desterrados y reconquistas se desgastó, y todo comenzó a girar  alrededor de la travesía que los andaluces se disponían a iniciar.


Con atuendo y nombre prestado, Hashim el virtuoso hacía, a la perfección, el papel de su vida y pasaba completamente desapercibido entre sus, ahora nuevos “coterráneos” quienes, al día siguiente de haber zarpado, ya lo llamaban:  “Don José Antonio”.

– ¿ y qué lo lleva a Andalucía, don José Antonio?– le preguntaba Pedro, un joven inquisitivo, de vivaces ojos, con quien -espontáneamente- el simulador había entablado amistad y cercanía.
– La fuerza de un cabello – le respondió Hashim el virtuoso, sin un momento de titubeo.
– ¿Perdón? – inquirió el joven, acentuando la vivacidad de su mirada.

–Excúsame, Pedro –le respondió Hashim el virtuoso, con marcada deferencia–, es una forma de referirme a mi amada esposa Carmen, que dejé en Córdoba, soy un comerciante, viajo mucho,  y  la expulsión de los árabes me sorprendió lejos, mientras  andaba por Mallorca y Cagliari. Regreso, amigo Pedro, abruptamente, por mi esposa y por un regalo que debo entregar, ah, y también –hablando al oído del joven– por un matrimonio que debo consumar.

Sólo hubo silencio ante la inesperada revelación, y en ese punto –inconcluso–, por esa noche, la conversación entre el joven comerciante y el ahora artista del disfraz, terminaba en forma  espontánea, justo como había comenzado.

* * * 


Vizcaya –el barco en el que viajaba Hashim el virtuoso y el resto de pasajeros–,  atracó en el puerto de Alicante en una atmósfera de tensión y violencia, por el nuevo contingente de moros que, en ese momento, era embarcado camino al  destierro con destino al norte de África. Los altercados afloraban por la arbitraria decisión de las autoridades de obligar a los moros a pagar sus propios pasajes  al ostracismo.

Ya en suelo andaluz, Hashim el virtuoso, aferrado a su bien logrado camuflaje, iniciaba su viaje de vuelta a Córdoba, a su antigua casa, con la esperanza de encontrar a Carmen y regresar a ese día, del arribo frustrado y de la entrega fallida. De ese momento a hoy, ya había transcurrido casi un año. Llegaba con una ilusión apagada, pero con un amor encendido por la esperanza, siempre viva,  del anhelado reencuentro.

Hoy tocaba la puerta de su antigua casa, caracterizando en forma magistral a un dicharachero y jovial albañil, quien miraba el exterior de una deteriorada villa (arrasada por la turba de antimoros), que mostraba crudamente la huella del odio y de la intolerancia. Había, muy seguramente en la casa, muchas cosas que reparar y un buen número de muros que levantar, aunque su verdadero propósito era encontrar a Carmen y recuperar el agal, junto al elaborado dibujo. Rebuznos de bestias y un penetrante olor a café que borboteaba incesantemente, indicaban que la casa estaba habitada.

Estaba tranquilo de no ser reconocido por nadie, porque –a la usanza  beduina– por lo general cubría su rostro durante el tiempo que vivió en Córdoba, y además era reservado y discreto.

La puerta estaba entreabierta, como si alguien lo estuviera esperando. Se detuvo, la empujó tímidamente, pero no se atrevió a dar un paso al interior.

–Buenos días –levantó su voz lo más que pudo, desde el umbral–, me llamo José Antonio Hidalgo y soy albañil, trabajo en mampostería, y soy ingenioso para reparar cosas, y además cuento chistes e historias que agradan a chicos y grandes.

Su entrada recibió un silencio que duró sólo unos pocos segundos.

–Siga, don José Antonio–, gritó una voz que retumbó desde una de las habitaciones contiguas a un inmenso patio–, que ha llegao usted como caído del cielo, aquí hay mucho que reparar y espíritus por alegrar.

La voz era la de Manuel García, un campesino venido desde Valencia, de 70 años de edad, voluminoso en talla, de baja estatura, y de un carácter festivo a quien, por mandato real, se le había adjudicado la villa, una de las tantas a lo largo y ancho de Andalucía, que se le había despojado a los moros.

–Pues, le inicio comentándole, don José Antonio,  que esta casa perteneció a  unos moriscos, no se cuántos, y ahora es de mi propiedad, por orden de su majestad.
– ¿Y sabe usted a dónde fueron a parar los antiguos moradores? –, le interrumpió  José Antonio, con un apropiado tono de espontánea curiosidad.

–No se, ni me interesa en lo más mínimo– respondió Manuel, con una voz que destilaba acidas gotas  de  animadversión –, sólo se que debieron haber sido detestables como todos los moros, usted sabe.
– ¿Todos? – replicó, Don José Antonio
–Sí, todos, absolutamente todos– respondió airado Manuel– o ¿usted qué cree?
–Verá usted –continuó Don José Antonio con voz apacible–, yo viví por muchos años en Castilla, donde los moros no son muchos y viven en armonía con los lugareños de esa parte del reino.
–Ay, don José Antonio, déjese de esas tonterías –le interrumpió bruscamente Manuel– moro es moro, aquí y en todas partes. Mire, usted me ha caído en gracia y se ve como un andaluz puro, más bien pongámonos a trabajar, y de paso me comienza a echar uno de sus chistes, que hace mucho tiempo no oigo uno bueno.

Ahora con plena libertad de movimiento en la casa, Hashim el virtuoso se dirigió, en forma impulsiva al patio, y al lugar donde, él esperaba, estuviera aún su agal y su dibujo. Le llamó la atención las pequeñas pilas de arena removidas y esparcidas por todo el lugar, por lo cual preguntó al nuevo dueño.

–Una de las primeras cosas que hice fue destruir todo indicio o vestigio morisco en esta villa –explicaba Manuel con voz de emoción–, y mi instinto me decía que algo debían tener escondido en el patio, y desenterré un viejo cofre con signos y caracteres en el idioma moro, que estaban sobre la tapa; no me tomé el trabajo de siquiera abrirlo y la caja terminó en una hoguera, y lo poco que quedó fue a dar al fondo del río.
–Umm, ya veo– fue lo único que salió de los labios de Hashim el virtuoso, sólo para indicarle al despiadado Manuel, que seguía con atención su cruda narración.

Era ese el cofre donde Hashim el virtuoso había escondido el agal y el dibujo, que un día, pretendió entregar a Carmen. Imágenes de ese día comenzaron a multiplicarse en su mente. La sensibilidad del artista estuvo a punto de aflorar y resquebrajarse, pero mantuvo su compostura, con un arrollador estoicismo.

–¿Que os pasa, Antonio?– le preuntó Manuel–. ¡Qué pareciera que estuvieseis en trance!

–Es sólo que la arena removida en el patio, me recuerda con tristeza a los camposantos y a los muertos que quedan sin enterrar–, respondió José Antonio, con un tono de solemnidad–, y tiene usted la razón, queremos una Andalucía sin ningún tipo de intromisiones, ni de malsanos recuerdos.

– ¡Ese es el José Antonio, que quiero oír siempre! – gritó Manuel, con un aire de victoria y supremacía.


La vida de José Antonio Hidalgo transcurriría por un buen tiempo de esa manera, como el albañil errante y bonachón, amigo de todos, que iba de pueblo en pueblo emparapetando cosas, contando chistes e historias, y preguntado por Carmen, la mujer del hermoso cabello color azabache, que algún día vivió en la casa de  Manuel García, en el extremo sur de  Córdoba. Nadie le daba noticias de ella.

Un día cualquiera (sin piedad, ni previo aviso), lo asaltó una estremecedora realidad: su disfraz de José Antonio Hidalgo había casi que totalmente usurpado su verdadera identidad y, fue en ese momento, cuando quiso dar vuelta atrás a todo su juego de máscara y comedia. Parecía claudicar en su lucha y querer entregarse.

«Yo no soy ningún  José Antonio Hidalgo, soy Hashim el virtuoso y soy moro hasta mi última célula», comenzó a gritar como loco por todo el pueblo, pero nadie le prestaba atención.
–Ay, don José Antonio, déjese de buscar una mala hora– le decía la gente a manera de consejo –que usted de moro no tiene nada.

Ni siquiera su perorata bilingüe (en el idioma árabe y en un pulcro castellano) que revelaba su verdadera identidad, convencía a los moradores de la certeza de la misma, y de la gente siempre se oía el mismo lamento: ¡Ay, Don José Antonio!

Tiempo después los lugareños lo comenzaban a ver  como un ser  trastornado, que requería de inmediata ayuda. Decidieron, entonces,  internarlo en un sanatorio, para que lo ayudaran a entrar en razón. Don José Antonio se enfrascó en una inquebrantable rebeldía, y se rehusó a hablar más en castellano. De hecho, nunca lo volvió a usar y sólo repetía unas retahílas de frases en árabe antiguo, sin que el más erudito de los traductores las pudiera entender.

Del sanatorio se les escapó una noche de lluvia y centellas, y el pueblo de Córdoba no volvió a saber nunca más de don José Antonio Hidalgo o de Hashim el virtuoso.

Al final, muchos no atinaron a descifrar la verdadera identidad de este extraordinario personaje, que desapareció repentinamentede  de ese punto de la antigua Andalucía.

En su loca carrera, Hashim  el virtuoso fue a dar a Castilla en donde había oído la historia de una bella mujer de un hermoso cabello color azabache, que en efecto, resultó ser Carmen. El reencuentro por fin se dio, pero se convirtieron en enamorados errantes, yendo de pueblo en pueblo y de país en país.

Lejos de Córdoba y despojado de su disfraz, Hashim el virtuoso era un moro más, rechazado y vilipendiado por casi todos. El destino final -y feliz- del azaroso romance fue  Marraquech, un tranquilo pueblo al sur de Marruecos.

Ya en su nuevo hogar, Hashim el virtuoso creó en forma calcada su historia de amor, cuyo capítulo final había quedado inconcluso: hizo el dibujo del agal, el que convirtió en un perfecto aro con una frondosa trenza de un resplandeciente color azabache. La creación esta vez venía también  de las más  finas fibras que el meticuloso artista pudo encontrar, y luego puso su obra en un cofre y lo escondió en el patio. La sorpresa permanecía longevamente viva e intacta, y estaba a punto de manifestarse.

Un bello día de un sol resplandeciente, el artista vendó los ojos de Carmen, la llevó al patio, desenterró el cofre, sacó el agal y con esmero cuidado y manos temblorosas, lo puso sobre la hermosa cabellera de su amada mujer. Rompió en llanto y  comenzaron ambos a llorar como  niños, y a placer, lloraban de la dicha (tardía, pero en abundancia), que la vida les brindaba.

La fuerza de un cabello, que el lazo del agal simbolizaba, los buscó, los encontró, y los mantuvo fuertemente unidos para siempre, en la lejana y apacible Marrakech.

Le pregunto  a mis amables lectores, qué los ata a la vida: un amor? una amistad? un lugar?....



Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi Abril de 2016
Foto: Árabe con agal: Personal

lunes, 10 de noviembre de 2014

De Souq por Emiratos

Souq es sinónimo de compras y esta palabra en el idioma árabe significa lugar de mercado. En los Emiratos Árabes Unidos, los souqs de Saqr, Al Arsah y Al Masqoof, en Sharjah, se pueden considerar como legendarios y dignos representantes de un centro de ebullición comercial árabe-emiratí, que goza por igual de gran acogida entre lugareños y extranjeros.

La gama de artículos que se pueden conseguir en un souq da para todo. Puede uno  encontrarse -entre otros objetos- billetes con las fotos de tiranos de la región, placas de carros con uno o dos dígitos, diseñadas exclusivamente para la familia real emiratí, viejos manuscritos, juegos de té con las imágenes de monarcas como la reina Alia de Jordania y el rey Farouq de Egipto, y, claro, no podían faltar, las universales lámparas de Aladino.

El objeto más antiguo

Ante la historia que cargan tantos objetos juntos en un souq, los compradores se interesan por saber el origen y la antigüedad de los artículos que adquieren.

“– Siempre nos hacen la pregunta–comenta el señor Mohammed Khalifa Al Saidi, dueño de uno de los negocios –, de cuál es el objeto más antiguo del souq.”

“–Aquí lo tienen– responde el señor Al Saidi señalando a su veterano amigo Ismael Mubarak–, este es un auténtico fósil emiratí ”.
Los dos se unen en una estruendosa carcajada que retumba en todo el bazar y hace voltear las miradas hacia el puesto del jacarandoso  Mister Al Saidi. En realidad, el buen humor árabe es el objeto más antiguo del souq, el cual ha existido desde siempre.

De Verduras a Versace 

A la par con el souq tradicional, el de comestibles y cachivaches, se ha creado una versión moderna materializada en El Mercado Central, interesante punto de gran actividad turística, recientemente inaugurado en la ciudad de Abu Dhabi, capital federal del emergente país petrolero.

El variado movimiento comercial del souq emiratí ha pasado de verduras frescas ofrecidas -tiempo atrás- en inmensos e improvisados tablones, a  finos zapatos de Versace mostrados en lujosas y deslumbrantes vitrinas.

Los invito a un corto paseo visual que nos muestra, a través del tiempo, la evolución de ese centro de efervescencia comercial y social llamado  el souq.

El Souq de antaño
Inicios del souq de Abu Dhabi: día de compras.
Inicios del souq de Abu Dhabi: Día de compras.
En Abu Dhabi también hubo una calle de las vacas, como en la vieja Barranquilla.
En la arenosa Abu Dhabi también hubo una calle de las vacas, como en la vieja Barranquilla.
El comienzo fue con chazas a la lata.
El comienzo fue con chazas a la lata.

El Souq de hoy

 El Mercado Central en Abu Dhabi.
Entrada: El Mercado Central en Abu Dhabi.
3 souk
Día de compras hoy
SOUK 6
Jardín interior: matizando la atmosfera de compras.
SOUK 5
Variedad de tiendas para escoger


El Souq del pescado: de la clase a la mesa
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Clase de pescados
En una atracción turística se han convertido las clases magistrales de cocina que chefs, impecablemente vestidos, dan en pleno mercado del pescado en la ciudad de Abu Dhabi. La experiencia arranca en el hotel Le Royal Méridien y cocineros y comensales se embarcan en un recorrido gastronómico que dura cuatro horas incluyendo el souq de frutas y verduras. Los anteriores puntos de parada están localizados en Mina, una área comercial y turística de la capital emiratí.

La compra 

Una reciente experiencia gastronómicas arrancó con la compra de los comestibles. Los participantes, en un número de diez,  llegaron al mercado en la mañana de un sábado en donde, primero, les dieron una clase para diferenciar el tipo de pescados locales y distinguir un pescado fresco. Un pareja compró  un róbalo y una mojarra por 50 dirhams (unos 28 mil pesos colombianos). Luego salieron para el mercado de frutas y verduras. Aquí los chefs les enseñaron  cómo escoger los productos que necesitaban y les dieron a conocer algunas hierbas y vegetales que los curiosos aprendices desconocían completamente.

Manos a la sartén

El  animado grupo regresó a las 12:30 a.m. y se reunió  alrededor de una cocina abierta en el restaurante del hotel. Aquí los chefs, sobre un gran mesón, pusieron todos los productos que habían comprado y en las siguientes dos horas los entusiastas turistas aprendieron, entre muchas otras cosas, cómo limpiar y cortar el pescado, nuevas formas de usar las frutas y vegetales, así como a cortar higos chumbos.

A medida que los chefs continuaban con su tarea, los estudiantes recibían novedosos consejos de cocina y al final los exquisitos platos preparados por los experimentados maestros, consistieron en verdaderas repentizaciones culinarias -que se ingeniaron en ese momento-, contrario a lo que todos esperaban, o sea, el tradicional pescado a la plancha acompañado con una ensalada y demás. Todos los participantes terminaron espontáneamente compartiendo los diferentes platos de exóticas combinaciones, nuevas para sus paladares. Fue esta una deliciosa experiencia socio-gastronómica.

La cuenta

Ésto es lo más sorprendente de todo: la experiencia no tiene costo alguno. Usted sólo cubre los gastos de los productos que compra en el Mercado y si quiere darle algo a los chefs, es voluntario. Después de esta esmerada atención culinaria, la gente acostumbra a dejar una sustanciosa propina.


Reflejo Socio-económico

Visitar un souq en el mundo árabe es toda un vivencia cultural que nadie se pude perder. La historia social y comercial de un país como Los Emiratos Árabes Unidos  se ve bien reflejada en la atmósfera de sus souqs, que nos muestran  lo que fueron ayer con modestos inicios de un comercio veredal y lo que son hoy con pujantes movimientos de grandes y ambiciosos negocios, que atraen la atención de inversionistas de la región y del resto del mundo.

Hoy nos dimos un paseo por el souq : el de cachivaches y recuerdos, el sofisticado y elegante y el pedagógico, de ricas experiencias. El souq da para todos los gustos y paladares, y sintetiza, de alguna manera, vivencias significativas del quehacer social y comercial en el mundo árabe-emiratí.

Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi octubre de 2014
Los invito a ver el resto de mis blogs en este enlace
http://blogs.eltiempo.com/un-colombiano-en-emiratos-arabes-unidos/


                                                             Referencias

Ghazal, R. (2013, June 9). Memories and history for sale at Sharjah antiques market. Retrieved from http://www.thenational.ae/news/uae-news/heritage/memories-and-history-for-sale-at-sharjah-antiques-market#ixzz2W06tfUob


Johnson, S. O. (2014, October 25). Market Kitchen in Abu Dhabi is conducting an unusual cookery class. The National. Retrieved from http://www.thenational.ae/arts-lifestyle/chefs/market-kitchen-in-abu-dhabi-is-conducting-an-unusual-cookery-class

Fotos: Periódico El Nacional de Abu Dhabi