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jueves, 8 de marzo de 2018

Colcha de relatos

En la biblioteca de Alejandría, en Egipto, un escritor de fábulas implementaba un experimento para interesar a lectores, convirtiendo en papel desechable las hojas de uno de sus escritos. Fueron 120 páginas que el fabulador cortó por la mitad, con la guillotina del venerado recinto.Un lado del papel estaba en blanco y en el otro se encontraba el fragmento de una historia. Como cartas de baraja, el escritor cambió el orden de los trozos de papel –en repetidas ocasiones– y luego organizó cuatro pilas con 60 especies de volantes. Dejó tres pilas en bibliotecas de Alejandría y una en la biblioteca pública del Cairo. Todas las hojas fueron a dar a una bandeja que decía: papel borrador, que la gente usa para hacer anotaciones.  ¿A cuántos les llamaría la atención un texto en un papel desechable? El experimento comenzaba.

* * *

En la biblioteca de AlejandríaCleopatra Nazari, profesora de 50 años, siempre necesitaba papel borrador, ya que, por su mala memoria, precisaba anotarlo todo. Le llamó la atención que en el lado donde había un texto –en el papel que sostenía en su mano–  se leía: Colombia, en la segunda línea, y comenzó a leerlo:

«De esta forma el gran jeque de Dubái respondía a una carta que le había llegado desde Colombia, semanas atrás, de quienes se hacían llamar honorable congresistas. Escribió el jeque: “Estimados señores: Gracias, ante todo, por los elogios que hicieron acerca del emirato que lidero. Por esta misiva, le extiendo en forma oficial una invitación a 30 de sus funcionarios, para que me visiten y tengan una experiencia, de primera mano, de cómo administramos el emirato de Dubái. Todos los gastos corren por mi cuenta”.

En forma inmediata, los honorables congresistas le respondieron al jeque y le manifestaron que necesitaban llevar asesores, y la lista de viajeros se incrementó a 60. El gran jeque no tuvo reparo. Congresistas y asesores conocieron cómo se manejaba Dubái, y disfrutaron hasta más no poder, y el jeque estuvo complacido.

Su generosidad era inconmensurable hasta el punto de proponerles a los distinguidos visitantes que fueran ellos los que administraran a Dubái por una semana (con un billonario presupuesto) para que, según palabras del mismo jeque: la experiencia fuera completa. Cuenta esta historia que, en esa semana, el jeque y su séquito se fueron a España por un descanso que, de paso, necesitaban.  A su regreso, el gobernante, en su avión en el aeropuerto de Dubái, recibe una llamada de uno de sus secretarios:
Su alteza decía una voz temblorosa al otro lado de la línea– se trata de los visitantes colombianos.

Dígame –preguntó el jeque preocupado–. ¿Qué pasó?
– Su alteza –la voz volvió a temblar– no sé ……por dónde comenzar.
Fue esta la última línea en el trozo de papel, y Cleopatra Nazari quedó intrigada acerca de lo que pudo haberles pasado a los extranjeros. Quería saber el resto de la historia y corrió hacia donde estaba la bandeja con el resto de papeles. Los leyó uno a uno, pero ninguno continuaba el relato.


* * *


Algo similar a lo de Cleopatra Nazari le sucedía a un joven tunecino llamado Samir Masmoudi, quien requería anotar información de hostales en el Cairo. Al tomar un trozo de papel borrador, le llamó la atención la primera línea del texto, que decía:

«Lo curioso era que nadie, en seis meses, había visto el rostro del vendedor de perfumes, del apartamento 403. Llegaba muy tarde y salía de madrugada. Sus agradables fragancias, extraídas de plantas y frutas, irrumpían en todas las alcobas de los apartamentos del edificio Fantasía, y traían sosiego a sus residentes.

A los que sufrían de insomnio les daba sus ocho horas de sueño, con un aroma de durazno; a los que estaban enemistados los amigaba con esencias de cereza. Todos coincidían que, con la llegada del vendedor de perfumes, la vida del edificio se había transformado y que, por lo tanto, se precisaba una muestra de agradecimiento hacia el desconocido comerciante.

Fue por lo que, una soleada tarde de noviembre, 10 residentes fueron a visitar al escurridizo personaje. Tocaron su puerta varias veces, pero no hubo respuesta. Luego se percataron que la puerta no tenía llave. Al abrirla, quedaron absolutamente deslumbrados con lo que tenían frente a sus ojos». Fue esta la última línea en el trozo de papel, y Samir Masmoudi quedó intrigado por saber lo que los vecinos habían visto. Quería saber el resto de la historia y corrió hacia donde estaba la bandeja con el resto de papeles. Los leyó uno a uno, pero ninguno continuaba el relato. 


* * *


Como a Cleopatra y a Samir, a Carmen Inés de la Concepción estudiante de derecho de la universidad de Alejandría la atrapó el inicio de una historia en uno de los papeles de borrador, que decía:
«Eulogio Toledo de las Cruces Ismara, servidor público, jefe de la oficina de catastro de la comarca de Olviera, escuchaba con interés la nota editorial que en ese momento se oía por la radio, en todo el país. Decía el periodista: “El editorial de hoy tiene como protagonista, de nuevo, a la pestilente corrupción, que tiene a nuestra ciudad sumida en la más agobiante desesperanza.

Pero les aseguro, mis queridos oyentes, que todo esto va a terminar, y que todos los corruptos caerán, comenzado por ti, Eulogio Toledo de las Cruces Ismarra”. Eulogio salto de su silla, y pensó (en forma ilusa) que se trataba de un homónimo. “¡Ningún homónimo, Eulogio Toledo–continuó el locutor irritado, con golpes de escritorio, que se oían por los parlantes–. Me refiero a ti, por todo lo que has robado en la oficina de …”

Eulogio apagó la radio; su frente se bañaba en desbordante sudor, luego la prendió de nuevo, y la voz del locutor continuaba:  “... y más temprano que tarde, la justicia tocará tu puerta para hacerte pagar todo lo que te…” No había terminado el periodista la sentencia, cuando se oyó que alguien tocaba la puerta de la casa de Eulogio Toledo.

Un viento helado invadió su cuerpo, mientras caminaba a ver de quién se trataba. Al abrir la puerta. Fue esta la última línea en el trozo de papel, y Carmen Inés quedó intrigada por saber quién había tocado la puerta de la casa de Eulogio Toledo. Corrió hacia donde estaba la bandeja con el resto de papeles. Los leyó uno a uno, pero ninguno continuaba el relato.

Con la intriga carcomiéndolos, CleopatraSamir y Carmen Inés pusieron en todos los periódicos, en primera página, un aviso: «Se busca la continuación de una historia». En el espacio adjudicado, describieron su experiencia. El aviso remataba diciendo: «Si la tiene, comuníquese conmigo al teléfono…. Habrá mutua gratificación».


Los relatos nunca aparecieron: pasaron desapercibidos por quienes usaron el papel borrador, con el resto de las historias, o simplemente no se percataron del clasificado.  Por el aviso –colocado también en muchas bibliotecas– nuevos fragmentos se dieron a conocer, y eran igual de intrigantes e inconclusos.

Se supo que la hoja con el título y el nombre del autor nunca fue cortada, y que apareció años después. Decía:

Título: 30 relatos viajeros
Autor: Yosri Abassi

Desde el rincón de una biblioteca, Yosri Abassi fue un silencioso observador de las carreras que daban los lectores hacia la bandeja de papeles. La escena fue su satisfacción y lo único que buscaba; de él muy poco se supo.

La biblioteca de Alejandría convirtió lo sucedido en un llamativo ejercicio de escritura que llamó:

Colcha de relatos, escriba usted la historia.

Fragmentos de los relatos de Yosri Abassi descansan sobre diferentes mesas y el usuario escribe la continuación de la historia, o el relato completo. El ejercicio está permanentemente disponible y la biblioteca invita a sus usuarios a aceptar el reto.

¿Cómo continuaría usted las tres historias de Alejandría y El Cairo?
colcha
Invito a mis amables lectores a aceptar el reto.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)

Abu Dabi, marzo de 2018

martes, 2 de mayo de 2017

La historia del soldado desconocido

T Soldado copy
Santiago Mera fue declarado como el mejor soldado colombiano en el Sinaí, después de repeler un ataque de salteadores del desierto, a un grupo de mujeres y niños. La emboscada, a Santiago, lo sorprendió solo, pero bien apertrechado.

Conocí a Santiago Mera en Colombia, mientras cursábamos el bachillerato, en grado ocho, y desde entonces hemos conservado una buena amistad, que nos reúne aquí en el Medio Oriente. Hoy viene Santiago a visitarme y despedirse, camino a Yemen, su nueva apuesta militar.

Estábamos ansiosos por ponernos al día y teníamos tantas cosas que recordar, que no sabíamos por donde empezar. En esta ocasión, y en forma espontánea, iniciamos con las aventuras de los años de colegio.

Te acordás, Chapinero –así me llamaban a mí en el colegio y a Santiago le decíamos Juanchito–  de Sabrina, la de los ataques de tos.

– Sí, claro. Su belleza se desmoronaba cuando le sobrevenía la ruidosa tos, tan estruendosa como inoportuna, y que nadie se aguantaba.
 
Solo te la aguantaste vos, rolo– me lo recordaba Santiago con una explosiva carcajada–, que como que le encontraste la cura; los yemeníes eran soldados valientes, pero sin experiencia, y eran presa fácil para los hijos de p…  de negro.

No comprendía la inesperada inclusión de Yemen en la conversación, por parte de Santiago, pero no quise, en ese momento, ni interrumpirlo ni interpelarlo.

Pero, contáme, Chapi ¿En qué quedaste con Sabrina, como que te contagió el catarro, parece? De nuevo explotaba su  carcajada, que quedaba resonando en la villa, y hacía que las aves del patio salieran espantadas con un ruidoso aleteo.

–Nos separamos porque descubrimos que teníamos muy pocas cosas en común, y nos dimos cuenta de que necesitábamos ser más predecibles el uno al otro; sabes, Juanchito, la tos nunca fue un inconveniente para el amor.

Yo en cambio –arrancaba Santiago con un tono melancólico– nunca ligué nada con ninguna muchacha, por lo andariego, vos sabés, nunca me quedaba mucho tiempo en un mismo lugar; el enemigo, en Yemen, vestía siempre de negro y eran unos hijos de p… sanguinarios, perdí la cuenta de cuántos bajé. ¡Marica!, si caías en las manos de los hijos de p… de negro estabas liquidado: ¡Halás, era el fin! me lo repetía hasta el cansancio; pero sabés, rolito, que no me lamento por mi soledad, el vacío humano ahora lo llenan dos mascoticas que tengo: un perro y una gata, que son mis mejores amigos y van siempre conmigo.

 –Y ¿qué nombre les pusiste?
 
– A la gatica Salomé y al perrito Tony –me respondió con un tono paternal, como cuando uno, con orgullo, da los nombre de sus hijos–. Se van conmigo a Yemen –prosiguió entusiasmado–,  pero van a estar seguros, me están esperando en el aeropuerto; los hijos de p… de negro acaban de capturar a Ahmed, mi mejor amigo yemení; tal vez no lo maten enseguida por lo que él representa en la región, pero uno nunca sabe con esos desgraciados, como sea lo vamos a rescatar; oíme, Chapinero, y vos ¿hace cuánto no vas a Colombia?
 
– Quince años, Santi, quince largos años –le respondí con un lastimero tono de nostalgia.

–Mucho tiempo, rolo mucho tiempo, tenés que ir a Colombia a recargarte, a que toqués un verdadero árbol, ver verde y sentir el olor de la lluvia y el calor de la gente; inteligencia ya ubicó a Ahmed, está en un edificio abandonado en las afueras de Saná; hoy estoy de francotirador, una de mis especialidades, y ya casi tengo en la mira a los dos guardias de la entrada, ¡pum! ¡pum! doy de baja a los dos en forma casi simultánea, y entramos todos en acción; sabemos el lugar exacto donde tienen a Ahmed, somos sigilosos y los silenciadores ayudan; subo un muro, ya los tengo en la mira a través de un tragaluz, los captores son dos y se ven cansados; por accidente hago un ruido y uno de los guardias mira hacia arriba, ¡pum! ¡pum! no les doy tiempo: soy certero nuevamente, pero uno alcanzó a herir a Ahmed, al parecer no de gravedad; lo cargo en mi espalda, SHUKRAN, SHUKRAN (GRACIAS, GRACIAS) no deja de decirme Ahmed en árabe mientras salimos rápidamente, antes de que les lleguen refuerzos; Ahmed está ahora salvo.

A medida que proseguía la conversación y los inesperados relatos, sentía que perdía a Santiago y que se me salía de las manos. No identificaba ahora, ni al amigo ni al soldado, su forma de hablar cambiaba y su lenguaje corporal ya no era predecible. Fue entonces cuando decidí intervenir.

–Oíme, Juanchito, ¿Estás bien? ¿Qué te está pasando, mi hermano? –le pregunté con la voz de un padre a quien la angustia carcomía–. Me has estado hablando de Yemen como si ya hubieras estado allá, ¿Quién es Ahmed y quiénes son los hombres de negro?
 
 – ¿PERDÓN? –me respondió Santiago airado–  ¿De qué me habla el rolo? Pues, le respondo a la joya de Chapinero: nunca antes me había sentido tan bien, y nunca hablo de pendejadas que no conozco.

Desistí de más información. Estaba terriblemente confundido y comencé a temer, más bien, por mi propio estado mental. Aun así, mantuve mi compostura y seguí la conversación, intrigado ahora por saber cómo terminaría este extraño reencuentro.

–Relajáte, Chapi, relajáte, que estoy  bien –me hablaba en un tono conciliador–. Mirá, antes de que se me olvide, tengo este sobre pa' que se lo entregués a mi sobrina Berenice, que viene de Colombia la próxima semana; ya ella tiene tu dirección y te llamará antes. Le decís que lo abra solo cuando llegue de vuelta a Cali; me cuenta Ahmed que los hijos de p…  de negro ya me tienen en la mira por los golpes que les hemos dado, y saben que soy yo quien dirige las estrategias de combate. No me sorprende. Justo ayer pasó lo que siempre había temido: eran las 3 de la madrugada cuando…….

Santiago detuvo su último relato  y miró su reloj.

 –¡Voy tarde! –exclamó presuroso–. El bus al aeropuerto me recoge en quince minutos.
 
No podía esconder mi inmensa tristeza – y ahora preocupación– por la partida del entrañable  amigo.

–No te me pongás triste, Chapi, que a donde voy todo va estar bien. Ya vas a ver vos.

Nos unimos en un prolongado abrazo y luego caminó hacia la puerta. A unos pocos centímetros del umbral, Santiago comenzó a levitar y dio un lento giro hacia donde yo me encontraba; lo tenía ahora enfrente: iba con los ojos cerrados y un rostro tranquilo. Segundos después, lo vi desvanecerse en la blancura de un inmenso cielorraso. Me pareció oír de nuevo su alegre carcajada, y las aves del patio se volvieron a espantar.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi mayo de 2017

jueves, 1 de diciembre de 2016

Chapecoense: el encanto que Caio Júnior dejó en los Emiratos

Una atmósfera triste y de lágrimas contenidas se vivió durante el encuentro entre los equipos de Al Jazira y Dibba, en el campeonato nacional de fútbol de los Emiratos Árabes Unidos, el pasado martes 29 de noviembre.

No era para menos. La tragedia del equipo campeón brasileño Chapecoense también estremeció a aficionados y dirigentes de este país en Oriente Medio, ya que el director técnico Caio Júnior– fallecido en el accidente aéreo en Colombia– dirigió a dos equipos, en estas cálidas tierras del Golfo Arábigo: se trata del Al Jazira, el principal club de Abu Dhabi y el Al Shabab, equipo que tiene su sede en Dubái.

Antes del inicio del partido, se guardó un sentido minuto de silencio y los recuerdos sobre el inolvidable técnico Caio Júnior se dejaron oír.

Obaid Hubaitha, antiguo director técnico del Al Shabab, tuvo una relación cercana de dos años con el técnico campeón brasileño, y lo recuerda –en sus propias palabras– como…  un hombre encantador y un verdadero caballero, todo el mundo en el equipo le tenía mucho cariño; él siempre ponía a sus jugadores y al equipo primero, lo extrañaremos siempre”.

El reportero Alaric Gomes, del periódico Noticias del Golfo (Gulf News), evoca momentos de su actividad relacionados con Caio Júnior, cuando este último dirigía Al Shabab: “ ...en las dos pasadas temporadas, cubrir partidos donde jugara el Al Shabab era todo un placer debido a la presencia de un tal Luiz Carlos Saroli, conocido como Caio Júnior ”.

Al enterarse de la noticia y saber que hubo unos pocos sobrevivientes, un conmocionado Adel Al Hammad, jefe de prensa del club Al Shabab, abrigaba la esperanza de que Caio Júnior se encontrara en ese grupo.

La mayoría de jugadores, quienes veían al gran timonel como una figura paterna, comenzaron desesperadamente a llamar al teléfono privado de su antiguo entrenador y caro amigo, con la esperanza de que este respondiera, pero nada sucedió.

Previo al partido, una gigantesca foto del admirado entrenador fue puesta en la pantalla del estadio Mohammed bin Zayed, con una nota en árabe, que reza: Nuestras condolencias para la familia del técnico Caio Júnior y de las victimas del trágico percance”.
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Hasta siempre, Caio Júnior: gran amigo y gran señor
Caio Júnior le dio al equipo Al Jazira una de las mayores satisfacciones posibles que un conjunto deportivo en estas latitudes pueda tener, al llevarlos a ganar el campeonato de la Copa Presidente en el año 2012.

Su recuerdo y exitoso paso por las tierras de las legendarias gacelas, quedarán imborrables en la memoria futbolera del emblemático equipo de Abu Dhabi. También, en la capital emiratí, Caio Júnior vivirá para siempre en los corazones de todos los aficionados.

De ahora en adelante, cada vez que pase por los estadios de los clubes Al Jazira y Al Shabab, los miraré con ojos de admiración (y tristeza) al saber que un latinoamericano, que un brasileño llamado Luiz Carlos Saroli, Caio Júnior, dejó en esos recintos el encanto de un profesional a carta cabal y de un admirable y querido ser humano, en tierras lejanas de su amado Brasil.

Al final, lo más importante es la huella que se deja, como la de Caio Júnior: ejemplarizante e imperecedera. Paz en su tumba.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, EAU, noviembre de 2016
Fuentes y foto: Periódicos El Nacional y Noticias del Golfo
Disponible en Wattpad

viernes, 11 de septiembre de 2015

¿Cómo es la vida a 50 grados centígrados?

Entre los meses de junio y agosto en el Medio Oriente se experimentan temperaturas promedio entre 45 y 50 grados centígrados, lo que obliga a cambios y ajustes en el diario vivir de millones de personas que viven en esta parte del mundo.

La ley del calor

La llamada ley del calor es una novedad, en particular, que favorece enormemente a aquellos trabajadores que les toca laborar al aire libre en inhumanas temperaturas. La ordenanza por parte del ministerio de trabajo en los Emiratos Árabes Unidos obliga a empleadores a darle a sus trabajadores un descanso entre las doce del medio día y tres de la tarde. De hecho, el gobierno emiratí ejerce permanente control para hacer que esta ley se cumpla con visitas como las hechas recientemente donde se encontró que de 10.000 verificaciones realizadas, 9.662 compañías estaban cumpliendo con la norma.

 Por la vecindad

Por linderos cercanos, tan alta era la temperatura que el gobierno de Irak, en una ocasión, ordenó un obligado periodo de cese de toda actividad por cuatro días.

La superpoblación y la falta de aires acondicionados empeoraban aún más la ya agobiante atmósfera. Se hablaba que la gente temía hacer el más mínimo movimiento muscular  y se les veía bajo la sombra de los árboles como estatuas que se movían sólo para tomar agua o espantar a algún impertinente insecto.

 Mall para todo el mundo


Para esta época –a causa del infernal calor- la actividad en los centros comerciales se reactiva en forma considerable y da la oportunidad a visitantes de acceder a servicios inusuales como una pista de nieve de 22.512 metros cuadrados de extensión ( 3 canchas de fútbol ) localizada en el Mall de los Emiratos en Dubái, capital comercial de los Emirates Árabes Unidos.

El visitante pasa entonces con una gran facilidad de las desabrochadas chancletas al los rígidos esquís, de un clima de desierto de  50 grados centígrados  a uno alpino con temperaturas de menos 3 grados. (Ver video aquí)


Existe también un pasaje peatonal – con una extensión de 820 metros de largo- techado y debidamente climatizado, que conecta a la estación Burj Khalifa del metro con el Dubái Mall, lo que constituye, prácticamente, una  “calle elevada” con aire acondicionado. En las calles, también tienen climatizados a un buen número de paraderos de buses para atender a  la población que  se moviliza entre las ciudades y sus periferias.
Paradero
Paradero de buses en Dubái

Beduinos benditos


Pero son los beduinos, los habitantes errantes del desierto, quienes podrían hablar con propiedad de lo que es un calor extremo, ya que lo han experimentado en carne propia por miles de años.

En semejantes temperaturas, y a diferencia de cualquier otro ser humano, son los beduinos los únicos que podrían sobrevivir sin tomar agua por 48 horas, ya que pueden ajustar sus cuerpos al calor infernal a través de su sudor. Una persona común y corriente escasamente resistiría la mitad de ese tiempo.

El boli: negocio con futuro
El popular boli: jugo de fruta congelado

En las ardientes temperaturas del Medio Oriente el boli colombiano como negocio tendría un futuro casi  que asegurado, por lo exótico y por lo exquisito, y creo que el de corozo y el de coco serían los de mayor acogida.

La singular delicia culinaria  se popularizaría en forma inmediata y los emiratíes muy seguramente crearían el boli de dátil, hecho con la fruta de la palmera del desierto. Los colombianos que por acá vivimos veríamos con añoranza -en español y árabe- el aviso: Hay boli  en los frentes de alguna de las casas, lo que daría lugar también a una innovación  lingüístico-gastronómica.

casa

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Historias con calor humano
Al Muñecón: muerte por causa natural

Al Muñecón: años mozos
La historia urbana de Al Muñecón la cuenta un ciudadano colombo-árabe apellidado Manzur, cuyos abuelos entraron a Colombia por la costa caribe. Relata el señor Manzur que Al Muñecón era un maniquí de hule que hacía las veces de saco de arena y pertenecía  a un  boxeador kuwaití  de peso mediano, llamado Ahmad Fahed Bamabadh, el único  ciudadano de la región que se le dio por practicar este exótico deporte, por lo cual lo veían como el excéntrico de la comarca.


Su afición por el boxeo nació de la admiración que profesaba hacia el gran peleador norteamericano Mohamed Ali, mucho más cuando este se convirtió al islam; Ali era su ídolo por quien estaba dispuesto a dar todas las peleas.


Cuenta la leyenda que el peleador kuwaití  se preparaba para una crucial  disputa en el cuerno de África por un título internacional y que dicho evento deportivo se realizaría al aire libre a altas temperaturas, razón por la cual el entusiasta deportista se entrenaba en el patio de su casa en Kuwait, levantando a trompadas a Al Muñecón a temperaturas de 50 grados centígrados, en jornadas de tres a cinco horas.

En una ocasión, cuenta el “turco” Manzur, en un medio día de un mes de agosto, la temperatura en el Medio Oriente subió en forma inimaginable a un infernal registro  de  70 grados centígrados.

El inesperado evento climático tomó a todos por sorpresa incluyendo a Al Muñecón quien a la intemperie, en el improvisado gimnasio de patio,  quedó a la merced de la devastadora temperatura y se derritió en cuestión de segundos.

No hubo tiempo de salvar a la valiosa pieza de entrenamiento y se dice que el desafortunado imprevisto minó las fuerzas del disciplinado Ahmad.

Termina contando el “turco” Manzur que el joven boxeador perdió la pelea por decisión en una épica batalla que duró 12 asaltos y que, después del terrible revés,  Ahmad Kid Fahed desapareció del mapa boxeril de Kuwait y del resto del Golfo Arábigo. Fue para él un duro golpe y un triste final por partida doble.

El Migue árabe 

Otro relato urbano cuenta la historia de un abuelo beduino llamado Mifzal Saeed Humaid a quien, con la bonanza petrolera, sus familiares trasplantaron del desierto a una lujosa villa en la moderna ciudad.

Desde un comienzo el abuelo desaprobó dicho traslado y de todas las cosas nuevas que experimentaba, la que más detestaba era el aire acondicionado.

No cambiaba los 50  grados centígrados de su desierto, que era su ambiente natural.


El abuelo, que rara veces se enfermaba, comenzó en algún momento a sufrir de sus bronquios y la fastidiosa condición se manifestaba con una tos pertinaz que lo desvelaba y acentuaba su sufrimiento. Un día –cuenta la historia- el viejo Mifzal no lo soportó mas y caminó raudo hacia la puerta de la lujosa mansión. Lo último que se oyó de él fue un fuerte portazo con un sonoro vainazo:

–“Al carajo todos ustedes  con sus aires acondicionados”

Nunca lo volvieron a ver por la fastuosa villa y el viejo beduino regresó a su añorado desierto, de donde nunca lo debieron haber sacado.
El viejo Mifzal se parece al ermitaño colombiano Miguel Canales, el de la canción de Rafael Escalona quien pregunta con insistencia:

“¿qué le estará pasando al pobre Migue que tiene mucho tiempo que no sale? ”.


Mifzal en el desierto acariciando sus pies con las suaves arenas del desierto  y  Migue en la montaña respirando la tibia brisa que anuncia la inminente lluvia. Ambos realizando sus sueños de eternos ermitaños.


En el Medio Oriente la vida a 50 grados centígrados  transcurre con mucha efervescencia y da para todo, desde la exótica realidad de una estación de nieve en medio del desierto emiratí, hasta los golpes que la vida da a boxeadores y ermitaños, en algún otro rincón del extenso Golfo Arábigo.




Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi (EAU) septiembre de 2015


Fotos
www.behance.net (casa en Colombia)
www.foodspotting.com (bolis)
Puerta de entrada  árabe (personal)
Paradero de buses (personal)