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viernes, 9 de junio de 2017

Clases de vuelo a una alfombra mágica

Las legendarias alfombras mágicas –las voladoras de las fábulas indias y árabes– hoy ya no son las mismas. Las de ahora nacen en desventaja con un vuelo básico, el bajo, que cayó en desuso hace tiempo, y solo tenía cabida en un desierto sin edificaciones, donde las asombrosas superficies podían volar a placer, por kilómetros y sin interrupciones.

El paisaje de vuelo, ahora, ha cambiado en forma notoria, y les toca a las alfombras mágicas de estos tiempos prepararse para poder volar entre edificios de geometrías inverosímiles y alturas inexploradas.

Alfombras  hay sin altas aspiraciones y son las que terminan en las entradas de bulliciosos bazares en el Cairo, o delante de las puertas de sórdidos hoteles en  Calcuta, o las que, con el vuelo básico –el corto– entretienen a adultos y niños, en centros comerciales, con viajecitos cortos a alturas inofensivas, que no quiebran un hueso, ni producen vértigo alguno.

Las alfombras con elevadas aspiraciones van a clase en Dubái, más exactamente al Burj Khalifa (el edificio más alto del mundo con 163 pisos) su centro de aprendizaje por excelencia, y cumplen –de acuerdo con el punto de elevación–con programas de pregrado y maestría. Las que aspiren a un doctorado, deberán lanzarse, con inmensa soltura,  desde el piso 163: la cúspide, y continuar en ese alto curso por una significativa cantidad de tiempo. Coronan la cima solo las alfombras más lanzadas.
T Burj
Centro de altos estudios
Con las primeras graduandas –en un futuro más cercano que lejano–, ciudades como Dubái y Beirut verán sus azules cielos surcados por remozadas alfombras mágicas que reemplazarán a las legendarias, las de las leyenda de Las mil y una noches, las que volaban sobre dorados palacios, rojizas dunas y errantes beduinos.

T Carpet

Los cielos de occidente se llenarán de drones alimentados con tecnología, mientras oriente disfrutará de un horizonte de alfombras mágicas milenarias, que vuelan con el viento de su historia.


Marcelino Torrecilla N (matorrec@yahoo.com)
Abu Dhabi junio de 2017
Fotos
Alfombra voladora: Nazmiyal collection
Burj Khalifa: www.burjkhalifa.ae

jueves, 2 de febrero de 2017

Llorar para contarlo

 A mi padre, mi viejo farmaceuta que casi todo lo curaba

Si lagrimea y le arde –iniciaba el curioso aviso publicitario en una farmacia en la ciudad del Cairo– …escuche la historia de Saqhur y luego aplíquese en cada ojo dos milagrosas gotas de Raha.

Atraído por el singular mensaje se acercó Kristóf Fodor –un expatriado húngaro recientemente llegado a Egipto– a un barbado farmaceuta, que lo recibió con una amable sonrisa, detrás de un desvencijado mostrador.

–Verá usted– arrancó el europeo una especie de breve relato de antecedentes– cuando lagrimeo, los ojos me arden y, aunque tolerable, si se prolonga, el malestar puede ser algo doloroso. Puede, usted, por favor, contarme la historia de Saqhur y venderme un colirio de Raha.

– Algo doloroso, ¡ah!– fueron las primeras palabras que salieron de los labios del blanquibarbado farmaceuta, quien con toda la amabilidad del caso, invitó al paciente al interior de su establecimiento, y pidió que se acostara en un raído, pero cómodo, diván.

“Todo comenzó hace mucho tiempo, en un pueblo en el norte de Egipto llamado Saqhur, cuyos pobladores, en una ocasión, mientras asistían al funeral del primer fallecido de su comarca, experimentaron como sus ojos comenzaban a arder con mucha intensidad, cuando las lágrimas se desbordaban sobre sus mejillas, y el insoportable ardor solo lo aplacaba detener el llanto. Muchos, no dispuestos a suprimir sus sentimientos, daban rienda suelta al sentido momento y morían por la acción de las lacerantes lágrimas que desgarraban las carnes de sus cuerpos, como la incandescente lava que ladera abajo corre y todo lo destruye.

Debían los lugareños, entonces, conformarse con solo un sollozo y ponerle  freno al inicio del llanto. Llegó esta calamidad a tal magnitud que las autoridades de la localidad tuvieron que poner avisos –por todo el pueblo y alrededores–  que decían: PROHIBIDO LLORAR, para así disminuir las muertes que los momentos tristes y de aciago, traían a la comunidad de Saqhur.
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Aviso: Prohibido llorar

Fue esta una población que se diezmó y desapareció rápidamente, ya que unos morían temprana y dolorosamente porque sucumbían al sentimiento del llanto, mientras otros fenecían, también muy jóvenes y de física melancolía, al no poder desahogar sus sentimientos.

La generación que prosiguió a la del pueblo de Saqhur recuperó la capacidad y el derecho a llorar, circunstancia que no desaprovecharon desatando en lágrimas, y a placer, hasta el más aparente y banal de los sentimientos, y eran los hombres quienes desplegaban la más pura y natural emoción, cuando no existía aún el dañino estereotipo de quiénes eran los que no debían llorar. Fue también esta la generación que murió longeva, hombres y mujeres por igual, y partían de este mundo ligeros de malsanos y pesados equipajes emocionales; se despedían, absolutamente, sin carga alguna.

Todos, sin embargo, termino contándole, experimentaron, dentro de su felicidad, un muy leve dejo de ardor en sus ojos, como el que hoy usted me describe, el cual, comparado con el que sufrió la generación de Saqhur, era casi que imperceptible, y, para algunos, indoloro. De hecho, todos pensaban que algo de dolor era necesario para combinarlo con la abundante felicidad de poder de nuevo llorar, sin morir en el intento. Aquí termina la historia. ¿Cuantos colirios de Raha va a comprar?”

Ante la pregunta del farmaceuta, solo hubo un extenso silencio.

“–Ninguno– respondió Kristóf Fodor con firmeza y con un mar de cavilaciones rondando en su cabeza– la historia de su receta ha sido suficiente”.

Gotas de lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas y lloró –sin ardor ni vergüenza– por el trágico sino del pueblo de Saqhur. El farmaceuta, muy discretamente, dejó el consultorio y Kristóf Fodor lloró un poco más en las sombras y la soledad del apagado recinto.

Las gotas de Raha, que el inusual aviso publicitario anunciaba, nunca existieron. El sabio farmaceuta sabía que la sola historia terminaba dando alivio y sabiduría a todo aquel que a ella acudía. Nunca le habían hecho un pedido de la milagrosa solución, que, en realidad, ya estaba contenida en el relato.

Kristóf Fodor no había sido el primer cliente de la vieja farmacia en el sur del Cairo. Hasta ese momento, el seductor mensaje publicitario había resultado ser de lo más efectivo y, para el viejo farmaceuta, de lo más gratificante.

A su natal Budapest, desde el aeropuerto del Cairo, viajó de vuelta Kristóf Fodor, una soleada mañana de un mes de noviembre, sin registrar equipaje alguno.


Marcelino Torrecilla N  (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, enero de 2017
¿Qué moraleja, para esta historia, me sugieren mis apreciados lectores?